jueves, 24 de enero de 2013


DE VESPASIANO A DON TANCREDO

Tito Flavio Sabino Vespasiano (Falacrinae 9-79) fundador de la dinastía Flavia y con denominación imperial de Imperator Vespasianus Caesar Augustus, gobernó el imperio desde el año 69 al 96 y le sucedieron sus hijos Tito (79-81) y Domiciano (81-96).

 Siguiendo el hilo de Suetonio descubrimos que en la Roma de aquella época la Cloaca Máxima, que era una red del alcantarillado que llevaba las aguas residuales hasta el Tibet, no cubría toda Roma y mucho menos las zonas de las clases bajas. Las clases menos favorecidas, los más pobres en una palabra, tenían que depositar los residuos de sus aguas menores en los urinarios públicos en ánforas repartidas por la ciudad. El emperador con fama de austero y de no mal administrador tenia, como lo políticos de entonces y  los de ahora, una irrefrenable tendencia a cuadrar las cuentas de su dilatado imperio a base de impuestos de variada y, en este caso, defecante solución.  Así, inventó el “vectigal urinae” (impuesto sobre la orina) lo cual no entusiasmó precisamente al pueblo soberano, hasta el punto de que su hijo Tito –el que destruyó el templo de Jerusalén- le reprochó la procedencia del dinero, a lo que el exigente emperador contestó:

-“Pecunia non olet”, o lo que es lo mismo: “el dinero no huele”

La decisión recaudadora del emperador, además de ayudarle a equilibrar las cuentas públicas, le dió una fama permanente hasta el punto de que hoy a los urinarios públicos en Francia se les llama vespasiannes y en Italia vespasiani.  Todo un ejemplo de la cultura latina.

Luis Bárcenas, como Vespasiano llegó a senador y, sobre todo, a tesorero del Partido Popular, donde hizo una brillante carrera financiera olvidando siempre sus obligaciones políticas como representante de Cantabria, pero afinando el lápiz en el administración de los dineros, hasta llegar a disponer en Suiza de 22 millones de euros.

La primera cuestión sin despejar es de donde viene tan estratosférica cantidad de dinero, por mucho que rentabilicemos las cuotas de los afiliados, las aportaciones de los donantes anónimos e incluso las inversiones, muy rentables, en arte o en suelo agrícola o urbano. Al hilo de esta explosiva noticia de la cuenta en Suiza del aplicado gestor político, se ha levantado un huracán de acusaciones hasta ahora no concretadas, de sospechas y suspicacias más o menos creíbles, que han venido a hacer cada vez más irrespirable el ambiente político español, altamente cargado estos últimos meses con los dineros de la familia Pujol, las anomalías contables del ayuntamiento de Sabadell y,  ayer mismo, con el fantasmagórico asunto de la Fundación Ideas, con un “negro” que escribía artículos con el pseudónimo de su mujer y que  ha producido una respuesta contundente para el escritor tan bien pagado, aunque los dirigentes de la Fundación socialista no acaban de reconocer la malignidad de repartir encargos entre la familia.

De momento, y como es casi consustancial con el reconocido inmovilismo nacional, la consigna generalizada es no  moverse, subirse a una caja, vestirse de inmaculado color blanco y aguantar, siempre muy quieto, siempre muy callado, las envestidas del toro, pues por algo en España, copiando a un mejicano  esforzado, a finales del siglo XIX apareció don Tancredo, novillero fracasado, que se presentaba como “rey del valor y gestionador de toros” y que según unos murió de viejo, arruinado y solo y, según otros, acabó con el un toro al que unos malajes  le habían enseñado mañas criminales. El  dinero es posible que no huela pero deja pistas. El dinero mal ganado y peor gastado intranquiliza, mueve al desazón, a la suspicacia y a la delación. En España no huele precisamente bien;  es más, en algunos sitios apesta.