DE VESPASIANO A DON
TANCREDO
Tito Flavio Sabino Vespasiano (Falacrinae 9-79) fundador de
la dinastía Flavia y con denominación imperial de Imperator Vespasianus Caesar
Augustus, gobernó el imperio desde el año 69 al 96 y le sucedieron sus hijos Tito
(79-81) y Domiciano (81-96).
Siguiendo el hilo de
Suetonio descubrimos que en la
Roma de aquella época la Cloaca Máxima , que era una red
del alcantarillado que llevaba las aguas residuales hasta el Tibet, no cubría
toda Roma y mucho menos las zonas de las clases bajas. Las clases menos
favorecidas, los más pobres en una palabra, tenían que depositar los residuos de
sus aguas menores en los urinarios públicos en ánforas repartidas por la ciudad.
El emperador con fama de austero y de no mal administrador tenia, como lo políticos
de entonces y los de ahora, una
irrefrenable tendencia a cuadrar las cuentas de su dilatado imperio a base de
impuestos de variada y, en este caso, defecante solución. Así, inventó el “vectigal urinae” (impuesto
sobre la orina) lo cual no entusiasmó precisamente al pueblo soberano, hasta el
punto de que su hijo Tito –el que destruyó el templo de Jerusalén- le reprochó
la procedencia del dinero, a lo que el exigente emperador contestó:
-“Pecunia non olet”, o lo que es lo mismo: “el dinero no
huele”
La decisión recaudadora del emperador, además de ayudarle a
equilibrar las cuentas públicas, le dió una fama permanente hasta el punto de
que hoy a los urinarios públicos en Francia se les llama vespasiannes y en Italia vespasiani. Todo un ejemplo de la cultura latina.
Luis Bárcenas, como Vespasiano llegó a senador y, sobre
todo, a tesorero del Partido Popular, donde hizo una brillante carrera
financiera olvidando siempre sus obligaciones políticas como representante de
Cantabria, pero afinando el lápiz en el administración de los dineros, hasta
llegar a disponer en Suiza de 22 millones de euros.
La primera cuestión sin despejar es de donde viene tan
estratosférica cantidad de dinero, por mucho que rentabilicemos las cuotas de
los afiliados, las aportaciones de los donantes anónimos e incluso las
inversiones, muy rentables, en arte o en suelo agrícola o urbano. Al hilo de
esta explosiva noticia de la cuenta en Suiza del aplicado gestor político, se
ha levantado un huracán de acusaciones hasta ahora no concretadas, de sospechas
y suspicacias más o menos creíbles, que han venido a hacer cada vez más
irrespirable el ambiente político español, altamente cargado estos últimos
meses con los dineros de la familia Pujol, las anomalías contables del ayuntamiento
de Sabadell y, ayer mismo, con el
fantasmagórico asunto de la
Fundación Ideas , con un “negro” que escribía artículos con el
pseudónimo de su mujer y que ha
producido una respuesta contundente para el escritor tan bien pagado, aunque
los dirigentes de la
Fundación socialista no acaban de reconocer la malignidad de
repartir encargos entre la familia.
De momento, y como es casi consustancial con el reconocido
inmovilismo nacional, la consigna generalizada es no moverse, subirse a una caja, vestirse de
inmaculado color blanco y aguantar, siempre muy quieto, siempre muy callado,
las envestidas del toro, pues por algo en España, copiando a un mejicano esforzado, a finales del siglo XIX apareció
don Tancredo, novillero fracasado, que se presentaba como “rey del valor y
gestionador de toros” y que según unos murió de viejo, arruinado y solo y,
según otros, acabó con el un toro al que unos malajes le habían enseñado mañas criminales. El dinero es posible que no huela pero deja
pistas. El dinero mal ganado y peor gastado intranquiliza, mueve al desazón, a
la suspicacia y a la delación. En España no huele precisamente bien; es más, en algunos sitios apesta.