miércoles, 5 de julio de 2017

EL CORDONAZO DE SAN PEDRO

El cordonazo de San Francisco es un temporal que suele presentarse en la proximidades de San Francisco de Asís (cuatro de octubre) coincidiendo, más o menos, con el Equinoccio de Otoño. Es el más conocido. Pero nosotros, aquí en Burgos, tenemos nuestro particular cordonazo más modesto, el de San Pedro, que coincide, también más o menos, con su fecha del 29 de junio y que marca climatológicamente el final de la primavera.

Nuestras fiestas mayores están habitualmente amenazadas por esta incidencia meteorológica que, como este año, afecta directamente, con lluvia y temperaturas bajas, la normal brillantez de los días festivos. El origen de los ahora llamados Sampedros es agrícola y feriante. En los ya lejanos y afortunadamente olvidados tiempos de la siega a hoz o guadaña y la acción de trillar y beldar, ejecutada durante siglos con procedimientos manuales, los campesinos bajaban o subían, según los casos, de los pueblos a Burgos para avituallarse de aperos de labranza, que completaban con la Feria de Santiago, en donde se ajustaban los segadores, principalmente gallegos. 

Ya todo esto es historia, pero está claro que los días finales de junio son siempre aleatorios y arriesgados. Como, insisto, ha acontecido este año. Pero al riesgo del tempero y sin menospreciar el conjunto de los días festivos, en Burgos, como supongo sucede en otras ciudades, la fiesta está demasiado unida al ruido y a la suciedad. Sobra trompetería y falta higiene. Las casetas de los pinchos no ofrecen precisamente un muestrario de limpieza y una garantía de la salubridad. El ruido ensordecedor que altera injustificadamente la comodidad de las terrazas o la serenidad de los paseantes, es amenazante y gratuito. La suciedad alrededor de la catedral y el estruendo, autor de la rotura de cristales en la proximidad de la misma a que hacía referencia el otro día nuestro paisano Luis Abril, no aportan alegría y merman el entusiasmo por la fiesta. Es sintomático comprobar cómo tras cada hecho festivo aparecen los diligentes camiones de la limpieza y a casi todos les parece natural este desfile que se antoja cada vez más como inevitable.

Claro que, para ruido, el que soportan los espectadores de las corridas de toros en la renovada plaza cubierta, que está asustando a más de un espectador de una ceremonia como la taurina, tan necesitada de reposo y silencio. Yo, de momento, no me he atrevido a acercarme al nuevo coso.

(Publicado en Diario de Burgos, 5 de julio de 2017)