Burgos, entre dos centenarios (1921-2021)
MÉDICOS Y FARMACIAS EN EL AÑO DEL CENTENARIO
Todavía queda mucha tela que cortar a propósito de la Catedral, a la que hasta ahora no he hecho mucho caso. Pero, con ánimo de desengrasar de arte, de piedras y de solemnidades, hay que fijarse en el quehacer diario de la sociedad burgalesa aquel año de 1921, fecha conmemorativa y determinante.
A lo largo de varios capítulos se trata de recorrer, de la mano de la guía “Festejos con motivo del VII centenario de la colocación de la primera piedra de la Catedral 1221-1921”, la vida diaria burgalesa, su comercio, su actividad fabril, su desarrollo financiero y gestor. Y se trata también de buscar recuerdos y referencias, personajes y entidades que humanicen aquella estancada ciudad de un poco más de 30.000 habitantes, donde las instituciones jugaban un papel relevante en detrimento de la actividad privada, de la iniciativa y la competencia.
Hoy, y para empezar, un repaso a los anuncios de las dos farmacias que se anuncian en el catálogo, los diez médicos que ofrecían sus consultas y la huella personal y, en casos, familiar, nos dan una primera aproximación a ese intento civil y fundamentalmente particular de la sanidad burgalesa.
La farmacia de Barriocanal, entre la calle del Cid y Laín Calvo, todavía hoy existente, aunque regentada por otro titular desde el fallecimiento de su anterior propietario. José Barriocanal, persona de trato exquisito, gran coleccionista y experto en pintura moderna española. Ofrecía, como se puede comprobar en el anuncio, desde productos químicos con especialidades españolas y extranjeras, hasta preparados de toda clase, barnices finos y ordinarios y, por supuesto, perfumería a precios económicos. De la droguería medicinal se ocupaban en la Plaza Mayor, luego con salida al Espolón, los farmacéuticos Amézaga y Cano, hasta que en los años cuarenta se instaló en ese local Manuel Ruera con una tienda de electricidad.
Los doctores Valero y Carrera, especialistas en enfermedades del pecho; el oculista Ureta del Val; el doctor Feijóo con su laboratorio de investigaciones microbiológicas de aplicación a la clínica, y el gabinete médico roentgenológico, que disponía de Rayos X, del doctor Bonifacio Gil Baños, para mí son únicamente referencias a las que no puedo aportar más y mejores detalles. Por el contrario, el doctor Muñoz Casas, de la estirpe galénica, que dio a Burgos un alcalde, José Muñoz Ávila, estaba instalado en la calle Laín Calvo, y era especialista en enfermedades génito-urinarias y de la piel.
El doctor López Gómez, profesor del Instituto Rubio de Madrid y con consulta en el Espolon, 42, Entresuelo, de diez a una de una mañana, se ocupaba de la garganta, la nariz y los oídos de cientos y miles de burgaleses, como luego lo han continuado sus sucesores. Igualmente el doctor Rojas Gutiérrez, otorrinolaringólogo, profesor también del instituto Rubio de Madrid y perteneciente a la Beneficencia Municipal, vigilaba la materia sanitaria de su competencia desde su consulta en Huerto del Rey. Otra saga de médicos burgaleses arranca en el doctor Urraca, oculista que, como el doctor Ureta, atendía gratis a los pobres. En la esquina de la calle Vitoria, al lado del bar Garilleti, en un pequeño palacete, el doctor Villalaín era la representación de los dentistas burgaleses hasta bien entrados los años sesenta.
El opúsculo editado por Hijos de Santiago Rodríguez, del doctor Abelardo Carazo, nos sitúa en el patriarca de la saga de los ginecólogos del mismo apellido (José, Abelardo y María Alejandra) y nos evidencia la inquietud de los profesionales de la medicina. Aquella medicina privada y a veces, como hemos visto, benéfica, tan lejos de la sanidad universal de la que hoy disfrutamos.
(Publicado en Diario de Burgos, 4 de febrero de 2018)