Burgos, entre dos centenarios (1921-2021)
AL OTRO LADO DEL RÍO
Burgos, como París, está atravesada por un río. Burgos, con su Catedral, puede competir con Notre-Dame. En cuanto a ríos, nos quedamos muy lejos. El Sena es majestuoso y el Arlanzón, modesto e irregular. Pero es nuestro río.
Hasta ahora, mientras hablábamos de tiendas de diversas clases, todo estaba a un lado del río, bajo la sombra de la Catedral y todavía al hilo de lo que queda de la muralla que se manifiesta en El Espolón y que acoge a la Plaza Mayor.
Hoy toca hablar de alimentación, de vinos al por mayor y al menudo. Y de comida. En ese concepto omnicomprensivo de coloniales y ultramarinos, sector que encabezó durante mucho tiempo Calleja Núñez y Compañía. Y para eso hay que pasar el puente, el de San Pablo o el de Santamaría. A su elección. Calleja Núñez y Compañía era una marca de comercio y una fábrica. Como comerciante vendía cereales, legumbres, frutos coloniales y extranjeros y en su sector fabril manufacturaba desde chocolate a jabones, pasando por fideos y pasta de sopa.
Este tipo de almacenes de vinos y coloniales, en donde hay que incluir de modo destacado el de Pedro Carcedo, que se unía a otros como Venancio García o Martínez, eran una especie de almoneda viva y atractiva. Surtían a las pequeñas tiendas locales y sobre todo a las tabernas de la provincia, en donde se podía beber desde un vaso de vino hasta comprar un trozo de cuerda. Pedro Carcedo, situado en la calle Vitoria, en un edificio contiguo a la entonces Farmacia Militar, era vecino de la vivienda de Virgilio Mazuela padre y colindante con un taller de bicicletas. Mantenía oferta de aguardientes, aceite, sal, velas, vinos generosos, almidón, fideos y legumbres, bacalao, arroz, jabón, sardinas prensadas (arenques), pasas, higos, cacao, azúcares, canela, pimienta, pimiento clavijo, té, café y conservas. Arconada y Ortega, en la calle del Cid, era una mediana tienda de ultramarinos finos, en donde se despachaba legítimo salchichón de Vich, chorizo pamplonés, lomo embuchado, chorizo de Cantimpalos, un variado surtido de vinos y licores de las mejore marcas, además de los consabidos aceites, arroces, legumbres, bacalao y todo lo concerniente al ramo de ultramarinos.
Con el vino acontecía algo muy parecido. Los almacenistas de vinos, en este caso Eladio Alonso, vecino en la calle de La Paloma, e Higinio Sáiz, en el Duque de la Victoria, 17, donde actualmente opera el bar Trassiego, servían vino a las tabernas locales al tiempo que ellos mismos tenían una clientela particular de vino por “dieces”, “cincos” y “lisos” y en botellas, pues todavía no existía en el mercado nacional o local oferta de vino previamente embotellado.
El actual Bar Victoria, en manos de unos renovados y esforzados propietarios, que han tenido el acierto de ofrecer diariamente, a las diez de la noche de todos los días del año, el Himno a Burgos, es indiscutiblemente el establecimiento del ramo más antiguo de la ciudad. Sus competencias reconocidas se situaban en el Bar España, en la calle Laín Calvo, y con El Colón, en Diego Porcelo, que ofrecía además mesa de billar.
La venta de vinos, desde los jóvenes claretes de San Asensio o Alesanco (Rioja) hasta los duros cariñenas o tintos de Cebreros y Tierra Madrid, eran trasvasados por vinateros criados en las tabernas de la periferia burgalesa con nombres como Carcedo, Valdivieso, Mayoral, Palacios o De la Viuda. Todos ellos competían más en precio que en calidad y muchas veces los caldos duros se transformaban en otros más asequibles pasando por un tratamiento adecuado y no excesivamente sutil. Y sé de lo que hablo.
El titular de la droguería Martínez Mata era Isaac, hermano de Timoteo, farmacéutico de la Plaza Mayor. De la calle del Mercado pasó primero a un pequeño local junto a la farmacia de su hermano y que luego amplió con otro en lo que hoy es la plaza Santo Domingo de Guzmán, lindando con lo que hoy es La Posada. El Arca de Noé era un almacén de frutas de la familia Rico, en la que destacó la personalidad del excelente arquitecto burgalés Marcos Rico, y a lo que se ve en el anuncio tenía una sucursal en San Carlos, 1. Finalmente, resulta curioso que la Buñolería El Espolón estuviera abierta día y noche durante los días de feria (supongo que se refiere a la feria de ganados que se celebraba los viernes), mostrándose como un adelantado del comercio de oferta más o menos permanente.
(Publicado en Diario de Burgos, 25-2-18)


