DO HABITABAN LAS CAMPANERAS (II)
Hace quince días estábamos recordando tranquilamente la vida burgalesa de hace seis o siete décadas, a propósito de la intención del Ayuntamiento de Burgos de reconstruir la vieja residencia del Sacristán Mayor de la Catedral, “do moraban las campaneras”.
La misma tarde de la publicación del artículo me llamó Luis Carcedo, y con la cortés amistad que le caracteriza, me explicó que una de esas campaneras, guapas y vistosas, que causaban la admiración del viejo barrio de Nuño Rasura, era la abuela de su señora esposa. Gracias, por la generosa precisión y, sobre todo, por aquello de tener a una persona como Luis Carcedo como lector y fiel amigo.
Así las cosas, parece que merece la pena mantener la mirada en aquel pasado y explicar que la iglesia de Santa Águeda, “do juran los fijosdalgo”, compartió durante un tiempo, hasta más o menos la mitad de la década de los cuarenta, su condición de Parroquia con la Capilla de Santiago de la Catedral, y por ello todavía esa jurisdicción eclesiástica se vino en llamar Parroquia de Santiago y Santa Águeda. Tuvo un párroco famoso, don Ricardo Arnáiz Bonilla, personaje pintoresco y difícilmente tipificable, con bien acreditados estudios eclesiásticos y con un aprovechable saber bursátil, cuyos conocimientos –de una y otra materia- compartía con el patriarca Quintanilla, padre y abuelo de las siguientes generaciones de la saga, tan enraizadas en Burgos que siempre hicieron honor al reputado slogan de su fábrica de chocolates: En la tierra de Castilla, con vainilla o sin vainilla, no hay chocolate mejor que el que hace Quintanilla.
Otro punto de referencia del barrio era el Bar La Tropical, de la familia Valdivieso, con la que teníamos un parentesco a través de mi abuela materna. La Tropical era un bar de chateo que tenía una sucursal en la misma acera de la calle, en donde mantenían el almacén al por mayor y donde se ofrecían los “cincos”, “los dieces” y “los lisos” de un vino blanco, agresivo y desconsiderado, a menor precio que el de su establecimiento contiguo.
Y así, podríamos seguir hablando de vecinos ilustres, como el Coronel Martínez de Setién, que vivía en la casa que hoy es del párroco de Santa Águeda y que tenía tres hijas, señoritas agraciadas y distinguidas que mantuvieron el nivel de indiscutible recato, atractivo del barrio. Inmaculada (Adita) es hoy la esposa de Juan José Fernández Sáiz, notario de Burgos hasta su jubilación. La segunda se casó con el sobrino de Marceliano Santamaría. O témpora, o mores…
(Publicado en Diario de Burgos, 12 de abril de 2017)