lunes, 6 de abril de 2020

Cavilaciones urgentes de un rentista desasosegado

EL AÑO DEL CORONAVIRUS

Mi madre (Felisa Pereda, Burgos, 1910) tenía dos fechas grabadas en el recuerdo: “el año de la gripe” (1918-1920) y “cuando el Movimiento” (1936-1939). De ambas cruentas y terribles fechas salió indemne. No tuvo muertos directos (padres, hermanos, abuelos) entre los millones de damnificados pero, insisto, no le afectaron directamente a ella ni a mi padre (Luis de la Viuda,  Arcos de la Llana-Burgos, 1903). 

No hay que ser muy pesimista para saber que nadie conoce cómo vamos a salir de esta terrible y fatídica crisis del coronavirus. Los hijos y los nietos de todos los españoles de hoy no saben, ni sabrán en meses, en  años y tal vez en décadas, cómo les ha afectado lo que ahora estamos padeciendo. Es evidente que no estábamos ni de lejos preparados para lo que hoy nos ocurre y en el largo mañana pueda acontecer. El mundo, los Gobiernos, estaban avisados de que una catástrofe estaba latente. Desde 2003 ha habido al menos seis brotes malignos de SARS, gripe aviar y otras. Excepto Bill Gates con su Fundación y algunos otros, en general no se ha hecho caso a las advertencias de la OMS y centros de investigación. Ni la OTAN ni el mismísimo Pentágono, que en 2017 redactó un escalofriante documento de 103 páginas dado a conocer este fin de semana. Pone los pelos de punta leer cómo se anticipa exactamente el coronavirus en el llamado ‘Plan 3560: Respuesta a una gripe pandémica y enfermedad infecciosa’. Y cómo daba la voz de alarma sobre la escasez de respiradores, mascarillas, guantes, camas, etc. Pero en la Casa Blanca de Trump no querían gastar dinero y el informe se metió en el cajón. Y en el resto del mundo, tres cuartos de lo mismo: a principio de este año, la gente vivía su existencia y para nada pensaba en un cataclismo como el que estamos padeciendo.



Para mis paisanos, amigos y lectores quiero adelantarles que soy uno de los privilegiados. El día 9 de marzo la pareja de mis doctores particulares (Juan Ruiz, médico, y María Jesús de la Viuda, farmacéutica) dictaminaron con anticipación mi confinamiento en mi domicilio particular de Madrid. Se adelantaron en tres días. Desde entonces con la única, fiel y gratificante compañía de un apoyo doméstico, me muevo con comodidad en mi casa, trabajo un poco, leo bastante, escucho la radio, veo la televisión y pienso. En resumen, que dentro del confinamiento estoy perfectamente.

Aunque es precisamente el pensamiento el que me intranquiliza y me encocora. El Gobierno de Sánchez ha llegado tarde y mal a afrontar el desafío del virus maldito. Corea del Norte., Israel y Singapur nos están dando lecciones claras y reconfortantes de tratar el problema. Aquí, en el viejo solar español, vivimos un Gobierno caótico, con ministros enfrentados y en términos generales desconocedores de la materia que tratan. El filósofo Salvador Illa pasará a la posteridad como el responsable ministerial menos capaz de la historia en asuntos de sanidad. El Secretario de Comunicación, el periodista(¿) Miguel Ángel Oliver, ha pervertido las conferencias de prensa y ahora descaradamente reclama de los profesionales un modelo de debate periodístico inventado hace siglos. El superpoderoso Iván Redondo confunde –y nos confunde- todos los días con la comunicación deficiente en sustitución de la acción y de la responsabilidad, en lugar de darlo todo en todos los campos y en todo momento. Hay que hacer un ejercicio de modestia cada vez que Pablo Iglesias y su pareja, Irene Montero, nos dan largas lecciones de marxismo-leninismo incluso pese a lo cerca que tiene el bicho y acusan sin piedad a los empresarios y a los autónomos. Nuestra paisana Rosa María Mateo no pierde ocasión para meter de matute en los telediarios activistas de izquierdas, para desacreditar todo lo que no encaje en la línea de Moncloa. Y si no es ella, casi peor su falta de autoridad.

Isabel Díaz Ayuso, la presidenta de la Comunidad de Madrid, la primera que ordenó el cierre de los colegios y que se había adelantado al peligro del virus, es atacada por todos los alineados con el Gobierno Sánchez-Iglesias. Además tiene que soportar que traten de desacreditarla agigantando la figura de su amigo, el mejor alcalde que ha tenido Madrid en los últimos tiempos, José Luis Martínez-Almeida.

Esto es lo que hay. En el haber hay que resaltar la actuación de los profesionales de la sanidad española -pública y privada-, de los médicos, de las enfermeras, de los celadores y de todos los asistentes de ese abnegado e incansable mundo que se preocupa de la salud de los ciudadanos. Lo hacen a pesar del abandono en demasiadas ocasiones de los poderes públicos, que no les ha facilitado mascarillas, respiradores, guantes. Y que están pagando con su salud en un 12 por ciento al haberse contagiado del coronavirus. En idéntica posición de agradecimiento están los militares de los tres Ejércitos, la Guardia Civil, la Policía y todos los demás grupos que sería interminable citar de servidores públicos y privados en mantener a este país en pie: desde los agricultores y transportistas hasta  los empleados y dependientes de supermercados, de tienditas de alimentación, de farmacias, y todo un mundo de personas que ayudan desde el anonimato y el entusiasmo.

No es posible dimensionar ahora las cifras en vidas humanas, en pérdidas económicas, en crisis personales, la magnitud de esta inesperada y universal calamidad. Esto no es una guerra, pero sí que habría que recurrir a la clásica frase para decir sencillamente: “Que cada español cumpla con su deber”.

(Publicado en Diario de Burgos, 6 de abril de 2020)