lunes, 17 de febrero de 2020

Cavilaciones urgentes de un rentista desasosegado


LA POLÍTICA PARA LOS POLÍTICOS

Arancha González Laya es una guipuzcoana de pura cepa. Nació en San Sebastián-Donostia y se crió en el interior, en Tolosa, comarca de Tolosaldea, pegada a la del Goierri. Y ha de devenido en ministra de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación!! del Reino de España. Licenciada en Derecho por la Universidad de Navarra, en Pamplona, realizó posteriormente un máster en Derecho Europeo en la Universidad Carlos III de Madrid. Es poliglota reconocida, aunque las diversas biografías publicadas no se ponen del todo de acuerdo. Unos dicen que habla inglés, francés y alemán y euskera. Otros añaden el italiano. Pero curiosamente, los datos que aparecen en la web oficial del ministerio son muy elocuentes: “Tiene español por lengua materna y habla además inglés, francés, alemán e italiano”. ¿Dónde está el euskera? Ha desaparecido, tal vez porque hace un tiempo ya admitió que su euskera estaba “oxidado”. Esa debe ser la explicación de que escriba su nombre de pila con la grafía castellana: Arancha, en lugar de Arantxa, que sería lo lógico de acuerdo con sus orígenes.

Pero es que llevaba mucho tiempo fuera. Durante su vida profesional ha desempeñado puestos de nivel medio y alto en organismos internacionales varios, casi siempre relacionados con la gestión, la organización y el comercio. Desde la Comisión Europea al conglomerado de la ONU. Antes de regresar a España para hacerse cargo de su cartera de Exteriores, Arancha era directora ejecutiva del Centro de Comercio Internacional.
 
Totalmente desconocida en el patio político, emergió de la noche a la mañana como jefa de la diplomacia española de la mano omnipotente del voluble presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Hasta ahora no se le conocen actividades propias de su cargo: ha sido marginada claramente en el cada vez más feo asunto de la visita o no visita a España de la vicepresidenta venezolana que se pasó casi una noche entera en el aeropuerto de Barajas. Tampoco ha tenido en estas semanas grandes, ni pequeños, desplazamientos al extranjero en el desempeño de su cargo, si se exceptúa un viaje a Nueva York la semana pasada para unas citas internacionales de cooperación en la sede de Naciones Unidas. Y donde se ha cubierto de gloria en unas declaraciones a la prensa: ha dicho que Juan Guaidó es dos personas a la vez: presidente de Venezuela y líder de la oposición.

Con motivo de la reunión del Gobierno del sábado 8 de febrero en Quintas de Mora, la donostiarra-tolosarra cobró notoriedad al destacar la laboriosidad del Gobierno al optar nada menos que en un fin de semana para una cita campestre. El presidente pretendía con ese apacible retiro que se conocieran sus numerosos y desparramados ministros y ministras y que no desconfiaran unos de los otros más allá de lo que manda el reglamento.

En la nueva etapa del Gobierno de coalición –tachado como Frente Popular por muchos observadores-, destaca la ausencia de funcionarios de alto rango: letrados del Consejo de Estado, abogados del Estado, diplomáticos, técnicos comerciales del Estado, incluso técnicos de la Administración Civil. Todos esos cuerpos están en franca desventaja respecto a la presencia del Ejecutivo de: magistrados (3), catedráticos (2), licenciados en Derecho (7) y economistas a palo seco (otros 7). ¡Ah!, y algún extraterrestre, como los ministros de Ciencia e Innovación y Universidades: respectivamente, el astronauta Pedro Duque y el sociólogo manchego nacionalizado en USA  Manuel Castells Oliván.

La ministra González Laya y el Consejo de Ministros: todo sea por y para la política.

Resulta paradójico que una persona como la titular de Exteriores, funcionaria durante décadas en organismos multinacionales con sede en Ginebra y viajera impenitente por todo el mundo en función de sus cargos, manifieste como hazaña lo de trabajar en sábado, si es que la comida campera fuera trabajar. Y lo hizo a gritos de redes sociales, como poniéndose una medalla. En un mundo de internet que funciona sin descanso las 24 horas del día y en unas macrociudades que no paran con actividades  y movimientos civiles, sociales, deportivos y comerciales de todo tipo, lo de Arancha es para nota.


Claro que algo así se veía venir. Resulta que lo de trabajar en sábado no fue la primera machada de la ministra. Ya en su toma de posesión dio pruebas de su nivel y su aptitud para el cargo. Todos han repetido, como si fuera una gran frase, sus palabras en inglés en aquel acto: “Spain is back, Spain is here to stay” (“España ha vuelto, España ha llegado para quedarse”). Nadie parece haber reparado en que es una frase hecha más vieja que la tana en inglés, muy repetida en montones de ocasiones singulares. Se usa para destacar que hay un punto de inflexión, un cambio de tendencia, una vuelta a tiempos mejores. Cuando, por ejemplo, llega un Gobierno democrático después de una dictadura. Por lo tanto, si se supone que lo de antes era peor, ¿cómo deja eso a su antecesor, Josep Borrell? ¿Qué es eso de que España ha vuelto? ¿De dónde, de otro Gobierno  anterior de Sánchez? Si hay continuidad en el poder, aunque ahora sea en coalición, lo de ‘España ha vuelto’ es de una simpleza aberrante.
 
La siguiente pregunta es obvia: ¿de dónde sacamos a estos políticos? Por supuesto, de la política y de la Administración. La exalcaldesa de Madrid Ana Botella apuntó la idea –fuertemente combatida desde el principio- de que nadie pudiera tener un cargo político sin haber pasado por un trabajo profesional claramente definido y a poder ser en la iniciativa privada. Ni caso.

Donde sí tenemos un caso, y muy significativo, es en el ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, José Luis Ábalos. Titulado en Magisterio, su condición de docente quedó relegada por su carrera política. También relegó aquella noche en Barajas a su colega Arancha, cuando puenteó la diplomacia formal oficial por el trapicheo clandestino al acudir en un coche particular a hablar con una vicepresidenta venezolana claramente excluida de la legalidad comunitaria europea. Todo un enjuague.

(Publicado en Diario de Burgos, 17 de febrero de 2020)