miércoles, 7 de diciembre de 2016


TRECE DÍAS DE DICIEMBRE

“Treinta días trae noviembre, con abril mayo y septiembre y los demás 31, excepto febrero que tiene 28 o 29 si es bisiesto”. Esta cantinela la repetíamos los escolares de mi época para simplificar la diversidad métrica de los meses en el calendario juliano. 

El calendario no ha cambiado, pero si los usos y costumbres, de tal manera que en este año que acaba el mes de diciembre tendrá únicamente 13 días útiles, a efectos académicos. Menos de la mitad de los días naturales. Según los expertos en mediciones económicas, esta broma nos costara a los españoles 2000 millones de euros, o sea, algo más de lo que aspira a recaudar el voraz Montoro con los impuestos sobre bebidas azucaradas y demás consumos, en busca de mejorar la figura de los españoles y de las españolas.

La historia es recurrente. Cada año, cuando llegan estas fechas se hacen consideraciones  sociológicas y económicas sobre el despropósito de los puentes y los acueductos. Es el mismo divertido juego que también se repite en octubre y en abril con el va y viene y el cambio de hora. Pero no hay que alarmarse. En unos días, máximo una semana, se olvidan estos insignificante desajustes y ahora mismo,  en plena vorágine disfuncional, el pueblo soberano, y muy especialmente los tres millones largos de funcionarios españoles, están haciendo cábalas, combinaciones y acuerdos familiares para las llamadas vacaciones de Navidad y a veces, con trucos moscosianos, logran sumar semanas largas de solaz y esparcimiento.

Claro que peor lo tienen los perspicaces y cínicos súbditos del “fallecido” Mateo Renzi que, con el arma infalible del referéndum se ha visto obligado a dimitir después de un fracaso, no por esperado menos cruel para sus intereses y para su futuro.

Los que ya no estamos en edad laboral, contemplamos este fenómeno con distancia y desconcierto. A los jubilados nos dicen todos los días que la pensión depende del número y de la remuneración de los activos. A Estos efectos pienso que es legítimo que los actuales  pasivos, y sobre todo los futuros más o menos inmediatos, empiecen a sentirse crecientemente inquietos cuando costumbres fácilmente superables incidirán más en el futuro en esa compleja contabilidad, actualmente claramente deficitaria, con una hucha  exhausta y sin previsiones ciertas de mejora. Gaudeamus igitur mientras somos jóvenes. Ah! y los mayores inquietos y a esperar. Todo es posible. 

(Publicado en Diario de Burgos, 7 de diciembre de 2016)