Burgos, entre dos centenarios (1921-2021)
ES MI COLEGIO: LICEO CASTILLA (y II)
La tajante decisión de la segunda República, al expulsar a los jesuitas de España, comporta la desaparición momentánea –duró casi cinco décadas- de esa Orden en Burgos.
Los Maristas se quedaron como única oferta y así en el otoño de 1937, y en el recién nominado Liceo Castilla, llegué de la mano de mi primo Ángel Arnaiz Pereda a la primera clase de párvulos del colegio, sita en los bajos del edificio que regía el Hermano Pablo, mientras el director del colegio era el Hermano Bonifacio Esparza.
Esos años en el despertar escolar de un hijo único criado entre algodones, mantienen el recuerdo todavía de algunos compañeros como Enrique Cuesta, trágicamente fallecido en un accidente de moto a finales de los cuarenta, o Emilio Gil Peralta, también fatalmente desparecido en un accidente de automóvil en plena madurez.
Aunque son años dramáticos de contienda civil, paradójicamente resultan entretenidos para unos alumnos que ven coincidir días de vacaciones por la entrada de las llamadas tropas nacionales en plazas antes ocupadas por la República, con anécdotas tan significativas como la noticia difundida por Radio Castilla en la que la locutora Pilar Páramo exclamó entusiasta: “Atención, atención, hemos tomado San Sebastión”. Años de cantos patrióticos al inicio de las clases, en un Burgos todavía no sometido al padecimiento de las cartillas de racionamiento y pendiente de la propagación del tifus exantemático.
Y así hasta 1950. Curso tras curso, desde “Primero C” con el Hermano Rafael hasta “Séptimo A” con el Hermano Tomás, largo periodo de dirección del Hermano Fortunato García, sustituido en 1948 por el Hermano José Sancho, ambos licenciados en Física y Química.
Monotonía y escasez. Los cursos transcurren con normalidad y la abundancia es solo un recuerdo en la mente de los mayores, que invitan a los jóvenes a mantenerse con meriendas a base de mortadela y de un chocolate en el que el cacao a veces es sustituido por las algarrobas. Fiestas escolares en las que el grupo de los “Chips” -Revilla, Amigo y “el Colo”- exhiben sus excelentes dotes de payasos aficionados, entonando reiteradamente una contradictoria emisión de “Buen menú, buen menú, señor”, pieza interpretada en los años cincuenta por el grupo donostiarra “Los Xey”.
En esos años tres alumnos de distintos cursos perfilan su futuro como personajes destacados de la vida española: Félix Rodríguez de la Fuente, Rafael Frühbeck de Burgos y Jesús María Díez del Corral y Rivas. El hijo del notario de Poza de la Sal llegó al colegio como interno (con el correspondiente guardapolvo) como alumno de cuarto curso, coincidiendo con mi primo José Luis de la Viuda y con Juan José Bellod, con el que tuve la fortuna de trabajar en los Servicios Informativos de Radio Nacional de España. Rafael Frühbeck Frühbeck -luego Frühbeck de Burgos-, hijo de don Guillermo y doña Fani, aprendió las primeras notas de música de un marista que no identifico, mientras recibía clases de alemán del hermano profesor de “la Tercera” (foto adjunta), quien fue pronto reclamado desde su país como combatiente y que, según mis noticias, pereció en el frente.
Jesús Díez del Corral llegó proveniente de un colegio de jesuitas de Navarra en el cuarto curso y nos asombró a todos con sus condiciones intelectuales, pues igual traducía el latín sin diccionario que resolvía los más intrincados problemas de Trigonometría. En un ámbito más cercano, nacional y regional, la figura de Juan Manuel Reol, amigo del alma y compañero de todo el Bachillerato, recorrió su camino científico y político llegando a la presidencia de la pre-autonomía de Castilla y León y a la dirección de la Real Academia de Farmacia.
Mi relación con el Latín y las Matemáticas no era desde luego parecida a la de Díez del Corral, pero tuve tiempo de hacer mis pinitos pseudoartísticos en fiestas colegiales y sobre todo iniciarme tímidamente en el periodismo con el seudónimo “Luanvi”, con un primer artículo escrito en la revista “Educación” a instancias del Hermano Ángel Martínez, en una divagación inocente y temblorosa sobre los deportes del futuro.
Como recuerdo final, las conferencias de orientación profesional de sexto curso de Bachillerato, siendo ya director el Hermano José Sancho, en las que participaron destacados ex-alumnos como Luis Mellid, Ejército; Julio Gonzalo Soto, Derecho; Carlos Arangüena, Medicina; Esteban Sáez de Alvarado, Periodismo; Arturo Seligrat, Literatura; Marcos Rico Santamaría, Arquitectura; José María Orejón, Ingeniería y finalmente, don Epifanio Ridruejo Botija, Administrador General entonces del Banco Español de Crédito, soriano ilustre, alumno interno y luego Subgobernador del Banco de España.
Y como despedida de estas dos semanas de gratificantes recuerdos, el himno al fundador del instituto de los Maristas Venerable Marcelino Champagnat, hoy San Marcelino Champagnat (1789-1840).
Pueblen los aires triunfales voces;
den los pensiles tributo en flor;
brisas inquietas, llevad veloces
laudos y aromas al Fundador:
Te ofrendamos, Padre, filial cariño,
cual fragante incienso de gratitud;
a tu solio llegan vítores de niño,
llega el coro excelso de la juventud.
Padre en cuyo pecho la bondad fulgura,
Padre que la senda nos mostró del bien:
fuente es tu enseñanza de sin par ventura,
de la Obra Marista tu eres el sostén.
Inflamado apóstol de alma noble y pura:
sueña ni hondo anhelo coronar tu sien. (Bis).
(Publicado en Diario de Burgos, 18 de noviembre de 2018)


