lunes, 29 de mayo de 2017

ALERTA MUNDIAL: MÁS ALLÁ DE LO DIGITAL

Con Franco la cosa era más fácil. La siniestra policía político-social únicamente te exigía la “media filiación”: nombre, dos apellidos, domicilio, nombre de los padres, lugar de nacimiento y DNI. También el Derecho Civil simplificaba las cosas, pues la ley, como enseñaba mi viejo profesor, don Vicente Guilarte, dejaba bien claro que nadie podía carecer de nacionalidad y que, en contrapartida, no se podían tener dos nacionalidades.

Todo esto ha cambiado con la inmigración y los tratados internacionales. Ahora se añade una nueva identificación histórico-técnica; han nacido dos nuevos ciudadanos: los nativos digitales y los inmigrantes digitales. Los segundos son, según Prensky, inventor de la dicotomía nominativa, los que nacieron antes del boom tecnológico que vive el mundo desde 1980, dentro de un contexto analógico; son personas a las que les cuesta mucho adaptarse y aprender a moverse en el mundo de la tecnología que cambia contantemente. Por el contrario, el hombre conocido como nativo digital se encuentra cómodo con la tecnología al punto de que la entiende como algo que complementa su vida cotidiana y la mejora, un hombre que entiende al mundo de una manera distinta y que vive dentro de su contexto, caracterizado por ser cambiante. Por un mínimo de lógica deductiva, los anteriores a 1940 o no existimos o nos acercamos inevitablemente a Atapuerca.

El viernes 12 de mayo, a media mañana empezó a percibirse un peligroso  ciberataque masivo, provocado por el  virus WannaCry, que empezó afectando seriamente a empresas como la española Telefónica o al sistema británico de salud. La alarma sonó en los cinco continentes, pues llegó a afectar a 200.000 usuarios en 170 países. Como se nos ha explicado, el virus (ransomware) secuestra los archivos informativos de las víctimas y pide un rescate en bitcoins a cambio de liberarlos. Como se ve, todo desazonantemente arcánico para el común del personal, aunque relativamente familiar para los nativos digitales. El ciberataque tuvo unas dimensiones sin precedentes por su escala y el número de países afectados, y se adelantó que otros posibles ciberdelincuentes utilicen la misma táctica y aumenten el número de asaltos.

Desde el momento que se intuyó la dimensión de la agresión, todo el mundo se puso a la defensiva y, en el caso español, Telefónica no fue solo la primera empresa en reconocer los problemas en algunos equipos, sino también la primera en ponerse a disposición de las autoridades responsables para colaborar en lo necesario. Según ha explicado el personal de la compañía tratando de desentrañar los misterios digitales al público en general, sus sistemas técnicos de detección de vulnerabilidades de seguridad funcionaron y detectaron en tiempo real el ataque y activaron el protocolo de respuesta. El jefe de seguridad del Centro Europeo de Ciberdelincuencia de Europol, Steven Wilson, ha elogiado a Telefónica por su transparencia sobre el ciberataque. Posteriormente, durante el fin de semana, cientos de profesionales de la compañía, en donde predominaban los nativos pero también ayudaron los inmigrantes, trabajaron para recuperar por completo la normalidad para proteger sus redes y las de sus clientes. De tal modo que lo que podía haber sido una catástrofe se quedó en un susto. En todo momento, el ataque se mantuvo dentro de la red interna de Telefónica y las medidas de seguridad impidieron que el acoso se extendiera hacia redes externas, y así ni los servicios que Telefónica presta a sus clientes ni los millones de datos que maneja se vieron comprometidos en ningún momento.

El mundo digital, para los ajenos a su entramada tecnología y, sobre todo, siempre recelosos a su desconcertante y enrevesado lenguaje, sucesos de este calado, que al decir de los expertos pueden repetirse en cualquier momento, deben llevar a todos a la reflexión y a los expertos a la humildad. La realidad digital, de insospechadas posibilidades, ha de tener en cuenta que todavía millones de personas conviven en un mundo que les es relativamente ajeno y al que posiblemente nunca se integrarán con soltura,  pero ahí está. Yo no entiendo nada de lo que pasa en las tripas de un ordenador, pero diariamente leo este y otros muchos periódicos tradicionales, en la pantalla del Ipad, recibo información profesional, personal y familiar sustentada en esos misteriosos y gratificantes armatostes, y tengo derecho a que no se me ignore ni se me descalifique. La informática y sus ministros han pecado siempre de soberbia y han tendido consecuentemente al misterio y a la descalificación. Esto se hace así, de acuerdo con mi programa, dicen. Pues no, haga usted un programa para que las cosas se hagan como yo quiero y necesito. Para terminar, una historia real y edificante: durante años los medios de comunicación, muy especialmente los diarios, no conseguían que los programas que ofrecían las compañías de software sirvieran para confeccionar periódicos hasta que el redactor jefe del Chicago Tribune decidió  aprender informática y adecuar la tecnología a lo que había sido, y es, un logro universal: hacer todos los días un periódico. Lo mismo se podría decir de una radio y una televisión.

(Publicado en ABC, 28 de mayo de 2017)

Mi libro, compañero del alma
A partir del curso 2018-2019, los libros de texto de Primaria y Secundaria en los centros públicos y concertados de la Comunidad de Madrid serán gratuitos. El Grupo autonómico de Ciudadanos en la Comunidad ha sacado pecho y se ha adjudicado este logro que, según cálculos hechos por su portavoz, va a suponer un ahorro medio por familia de 300 euros, lo cual para una gran mayoría de madrileños supone un alivio en su economía y un cierto respiro en las fatídicas horas de cada septiembre cuando los escolares de Madrid inician el curso. No se trata de minusvalorar aquí esta para muchos anhelada aspiración que ofrece la radical contrapartida de que los alumnos madrileños no podrán conservar sus textos y entrarán masivamente en ese mundo cada vez más numeroso de jóvenes sin apego al libro propio y a la posibilidad de ir construyendo una biblioteca personal que para muchos, entre los que me cuento, ha sido intransferible.

Con mi experiencia acumulada y la permanente compañía de los libros de texto que he ido acumulando tanto en el Bachillerato como en la carrera de Derecho, si me dieran la posibilidad de disfrutar de libros gratis, me pensaría mucho si es aconsejable seguir este camino. Una biblioteca es algo tan propio y oportuno que no se puede demorar en el tiempo, ni constituir con retazos familiares o producto de aluvión. Mis viejos textos de Bachillerato de Literatura y de Geografía e Historia, española y universal, son puntos de referencia y, sobre todo, fueron embrión de lo que hoy es, en muchas ocasiones, mi mejor compañía. Los textos de Derecho Civil de don José Castán o las lecciones recogidas en el Derecho Procesal de Herce y Gómez Orbaneja no son sustituibles, y mucho menos minusvalorables. El Francés recopilado en la editorial burgalesa de Santiago Rodríguez por Tarsicio Seco y Marco se hace referente y trae a la mente respeto por aquellos viejos y admirables profesores que nunca recurrían a apuntes ni por supuesto podían haber anticipado la magia igualitaria y perezosa del mundo digital.

Madrid, y supongo que otras comunidades, dan un paso más y aligeran a muchas familias de unos costos significativos para sus economías. Para otras, seguramente los menos, la gratuidad es solo una dádiva. Sin embargo para todos, unos y otros, la ausencia del libro como compañero, referente y guía puede constituir a largo plazo entrar en ese batallón de la cultura oral, del apremiante mundo de los 140 caracteres, de la superficialidad y de la menor exigencia. Desde otros parámetros habría que recordar aquí al viejo maestro Umbral cuando exclamó: “Yo vengo aquí por mi libro”. Yo también quiero mi libro, aunque lo hayan escrito otros.
(Publicado en El Confidencial Digital,  27 de mayo de 2017)