Cavilaciones urgentes de un rentista desasosegado
LA MONARQUÍA: FIRMEZA EN TIEMPOS DE ZOZOBRA
Hablemos de cosas serias. De lo que de verdad preocupa, importa y desazona a los españoles. Hablemos de economía, de trabajo, de paro, de pagar facturas.
Eso exige ocuparse en primer lugar del origen de todo lo que se nos ha venido encima. Del Covid-19, de la pandemia y sus consecuencias. De lo que le pasa al ciudadano corriente, al trabajador que se mueve entre el ERTE, el ERE y el paro definitivo. De los empresarios españoles, más de la mitad de los cuales cerrarán en 2020 con pérdidas, según el Gobernador del Banco de España cerrarán 2020. De los universitarios, especialmente los de carreras técnicas y sanitarias, que tienen sus prácticas en el aire, y eso que la emergencia médica demanda más manos. De los escolares y sus familias, temerosos de que tengan que abandonar las aulas por un contagio imprevisto. En fin, preocupaciones reales, inmediatas, lacerantes. De las que la pasada semana nadie, o casi nadie, ha querido saber nada en los debates broncos entre políticos, que piensan fundamentalmente en su situación actual o en el futuro de sus puestos tras las sucesivas y próximas elecciones. Y que mientras tanto, demuestran su asombroso y bochornoso nivel intelectual, como el de la ministra de Igualdad, Irene Montero, al confesar en sede parlamentaria ante la alusión al machismo de Pablo Iglesias que “me meto en la cama con quien me da la gana”. O como el de la ministra de Educación, Isabel Celaá, al dar explicaciones por salir de Madrid a Bilbao justo tras declararse el estado de alarma: “Voy cuando quiero porque es mi casa”. Y hay ejemplos igual de sonrojantes en todos los partidos.
El 21 del presente mes de octubre, las cifras oficiales de coronavirus traspasaban un umbral fatídico y anotaban ya 1.005.295 contagiados y 34.366 muertos, según datos del Gobierno. Sí, de ese mismo Gobierno que se mantiene en cifra irreales: poco más o menos a esa misma hora, el Instituto Carlos III, que sigue la pandemia con datos de las Comunidades Autónomas, informaba de que el exceso de muertos este año es de 57.006 respecto a la media de los anteriores. Bueno…, un muerto más o menos parece que no les importa, ni miles.
A la misma hora y en el mismo día en el que los políticos se tiraban los trastos a la cabeza en el Congreso en Madrid durante el debate sobre la moción de censura, el Rey andaba en Valencia en menesteres mucho más pegados a la realidad, al sufrimiento de la gente, al horizonte inmediato para todos. En el Congreso de la Confederación Española de Directivos y Ejecutivos (CEDE), Felipe VI compartió con ellos los llamamientos al consenso, a buscar la forma de ‘potenciar y mejorar el tejido productivo’. Y ante el descomunal desafío de la maquinaria económica, confortó a los presentes: “Sois parte de la solución”. O sea, igualito que quienes pretenden asar a impuestos a las empresas, que si no hay comprensión y ayuda mutua entre todos se verán ahogadas, cerrarán y sus empleados irán al SEPE, antes INEM.
La semana anterior, Su Majestad había marcado de nuevo, como días atrás en Barcelona, el contrapunto del desbarajuste político de la inacción y del bureo. El acto de entrega de los Premios Princesa de Asturias a los premiados de este año, que los recibieron por mor de la epidemia en el hotel Reconquista de Oviedo, supuso un ejemplo de cómo hay que hacer las cosas. De cómo un monarca se refiere a problemas reales y aboga por el equilibrio personal y el patriotismo cierto, sin extremismos ni descalificaciones. En el ritual monárquico de Oviedo por segunda vez la Princesa de Asturias leyó, con entonado y natural acento, un texto indicativo y estimulante.
En estas horas de tanta preocupación como las que ha traído la inesperada y terrorífica pandemia, es un alivio, un consuelo y una satisfacción que el Premio Princesa de Asturias de la Concordia haya sido otorgado a los sanitarios españoles por su entrega hasta la extenuación, incluso con grave riesgo personal. Ellos y dos instituciones fundamentales han supuesto en todo momento eficacia y equilibrio, esperanza y estímulo: la Corona y las Fuerzas Armadas. Ambos pilares del Estado en ningún momento se han encogido o han esquivado su responsabilidad institucional y operativa.
Tenemos en el Rey y en las Fuerzas Armadas un punto de máximo equilibrio en estos tiempos, en estos malos tiempos de inesperados acosos y de limitadas certezas. Una realidad indiscutible y tranquilizadora supone para España y para los españoles de bien la institución monárquica, equivalente a las otras monarquías de los países europeos más adelantados. Y en el caso de España, la mano prudente de un monarca que cada día demuestra su preparación, su equilibrio y sobre todo su patriotismo al servicio de todos.
(Publicado en Diario de Burgos, 26 de octubre de 2020)
