martes, 20 de marzo de 2018


Burgos, entre dos centenarios (1921-2021)


SOBRE FÁBRICAS OLVIDADAS

Burgos, durante siglo y medio (1450-1600) es una fuerte y sólida potencia mercantil, asentada en el Consulado del Mar como, con rigor histórico y brillantez literaria, han relatado René Jesús Payo y José Matesanz en su imprescindible obra “La edad de oro de la Caput Castellae”. 

Por el contrario, en los primeros años veinte del pasado siglo la oferta fabril burgalesa era modesta. A la larga se demostró también vacilante y desfalleciente. De la relación que hoy comentamos, en el repaso de las nueve plantas  fabriles burgalesas, apenas una, “La Canaria”, fábrica de quesos, proveedora de la Real Casa, con despacho en la calle Laín Calvo, 49 y sucursal en la Estación del Norte, permanecía abierta al público en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX. Todavía recuerdo que mi madre compraba el queso en esa tienda, a la que había que acudir provisto de una gasa para mantener la identidad del producto, elaborado con una leche no pasteurizada, pues entonces no estaba el queso burgalés protegido contra el riesgo de las fiebres de malta.

Es ilustrativa, en cambio, la  sencilla y a veces ingenua literatura que acompaña al ofrecimiento de las marcas en el caso de los “ricos quesos de Burgos”, de “Elvira del Castillo”, que no deben ser aceptados, salvo que “lleven las armas reales como proveedoras de la antigua y única Real Casa, sita en San Lorenzo, 11”. “Pienso Flora”, en la calle De las Calzadas, marca un atisbo de modernidad, al  anunciar un producto como patente de invención por veinte años que, con mucha imaginación, puede entenderse como un precedente de los piensos compuestos que en los años cincuenta y sesenta fabricó en la calle La Calera “Mariano Pérez”, en el antiguo local de su fábrica de harinas. Por lo demás, nuestro gráfico de hoy se comenta por sí solo con dos ausencias: “El Progreso”, como fabricante de los chocolates Cartón, y “Antonio Moliner”, con un taller de  fabricación de naipes y de litografía, que lógicamente suponían una alternativa a “Chocolates Quintanilla” en el primer caso y a las acreditadas barajas de Fournier en el segundo. 

El panorama se completa con el famoso “Jabón el Chimbo”, fabricado en Bilbao. En Burgos, la agencia comercial industrial de Rafael García ofrecía su producto, pasando –eso sí- el puente, en la Plaza de Vega, 8, principal. También atravesando el puente, en este caso el de San Pablo, Valdivieso y Enedáguila fabricaban camas y somieres, tenían aserradero, taller mecánico y no se privaban de ofrecer lana de madera para embalajes. “La Burgalesa”, fábrica de gaseosa, agua de seltz y almacén de carbones, junto con “Santa Lucía”, fábrica de aserrar y carpintería mecánica, completan el cuadro, una desde la calle Santander, 30 y la otra desde la calle San Pastor.



DE  RUPERTO GIMÉNEZ A DOMINGO DE PABLO

Una historieta personal. Para proteger una puerta en un edificio de reciente construcción, necesité una cerradura relativamente moderna para aquellos tiempos que ofreciese la singularidad de permanecer cerrada por dentro sin necesidad de utilizar la llave. Me dirigí a la tienda de la calle La Paloma de Ruperto Jiménez, donde trabajaba un dependiente de cierta edad, malencarado y protegido por un guardapolvos azul, al que le solicité mi demanda. Me escuchó con desgana y  sin mediar más palabra me espetó: “Eso, donde Domingo de Pablo”. Siguiendo sus consejos me dirigí a la Plaza Mayor, donde el dueño de la ferretería, personaje amable y de reconocido paisanaje, me atendió encantado y al momento. 

Había otras dos reconocidas empresas, Asenjo, para más precisión “Hijos de S. Asenjo”, almacén de loza y cristal en la plaza de Prim, con su gran surtido de azulejos para cocina y baños y mosaicos para pavimentos, coincidía en oferta más o menos con “Sobrinos de Valentín Marcos”, en la Plaza de la Libertad, 10 y calle Santander, 1 (bajos de la Casa del Cordón) y en la Plaza de Prim, 2. Tenían toda una amplísima oferta de hierros, ferretería, artículos de construcción, fábrica de hierros y aceros al carbón vegetal, chapas,  herramientas, tornillería, baterías de cocina y taller de forja gruesa. Todavía dos pequeñas industrias menores en ese mundo. Una era “Ladislao Merino”, con instalaciones de tuberías de hierros, retretes y mostradores de estaño, también en la Casa del Cordón de la calle Santander. La otra, la “Hojalatería de la Vda. de M. Villanueva”, cubría además parte de la nueva industria eléctrica. Ambos artesanos burgaleses eran excelentes vidrieros, y parte de las iglesias de Burgos, especialmente de la catedral, son permanente testimonio artístico de su oficio y de su cuidado.


(Publicado en Diario de Burgos, 18 de Marzo de 2018)