martes, 11 de febrero de 2020

Cavilaciones urgentes de un rentista desasosegado

EL OSBTINADO ANTICICLÓN DE LAS AZORES

Como diría un mexicano: “Ya está bien de pendejadas”. Hay que olvidarse del Gobierno y de la oposición; de los ministros, secretarios de Estado, directores generales y demás personal sin oficio conocido. Vamos a dejar en paz a los partidos, a nivel estatal y autonómico, a los ayuntamientos y a las diputaciones. Hoy vamos a hablar de cosas serias: hoy vamos a hablar del Anticiclón de las Azores.

Después de un mes de enero lluvioso y benefactor, se ha puesto en marcha de repente el obstinado, imparable y agobiante Anticiclón de las Azores. Sol, y eso que algunos llaman “buen tiempo”. Es decir, calor fuera de la estación, negación de lluvias y riesgo de sequía intempestiva a costa del equilibrio del campo y de la mínima y necesaria porción de agua en los embalses.

El pasado verano, como otros tantos veranos en la Península Ibérica, el mentado Anticiclón impuso su secana exigencia y dejó los pantanos peninsulares al borde de la catástrofe. El otoño fue benévolo y, con el refuerzo de enero ya mentado, España dispone en este momento de casi un 59 por ciento de agua potable para las necesidades urbanas y los aprovechamientos rurales. Pero como los desconsiderados lusitanos nos sigan mandando los efectos de su Anticiclón, el agua, la bendita agua potable, tendría que ser reforzada con otros medios: pozos y depuradoras que en ningún caso ofrecen un producto como el que afortunadamente en España, y en Burgos especialmente, disfrutamos.

50 grados al sol: abrasador e implacable / Tarde de llovizna: melancólica y distante.
Ahora mismo, los pantanos de la provincia presentan una situación envidiable. El del Ebro acumula 410 hectómetros cúbicos, el 75,79% de su nivel máximo ideal de capacidad de 494 hectómetros cúbicos. El de Arlanzón tiene ahora 18 hectómetros cúbicos sobre 19, y el de Úzquiza, 57,92 sobre su capacidad máxima de 75, el 78%. Estos dos últimos son los que surten a la capital y a un buen número de municipios de un amplio alfoz. 

Si se me permite una disquisición les adelantaré que yo soy un decidido partidario del agua y, por lo tanto, de la lluvia. Y por tanto, también soy un particular contradictor del sol y su influencia. Y digo contradictor por no decir enemigo. A mí, del sol lo único que me gusta de verdad es la sombra. Y en esto no estoy solo. El gran músico Arnold Schönberg odiaba el sol de Los Ángeles, los santanderinos hermanos Solana y mi gran amigo y músico Carmelo Bernaola desconfiaban del sol en el mejor de los casos y se revolvían contra él tanto en verano como en invierno. 

Creo que a la edad a la que yo he llegado se me pueden permitir ciertas expansiones, y esta es una de ellas. Prefiero el otoño a la primavera, el invierno al verano, el cielo cubierto al sol refulgente y soy amigo declarado del agua, a poder ser fría. Mi abuelo paterno, quien como todos los de su generación no probaba el agua, se revolvía cuando me veía consumir el líquido elemento y se manifestaba hostilmente contra el hecho al grito de “este, coño, chico, cuánta agua bebe”. En eso estoy. He llegado a la edad en que llevo bebiendo agua durante años y decenios. Mucho agua. Y siempre que puedo, que sea fría. Bastante fría. Y aquí estoy, tan ufano, exhibiendo mis intimidades y esperando que el Anticiclón de las Azores no haga una de las suyas, una sequía inmisericorde y ruinosa. Mejor que esta  primavera nos traiga una de esas que se han venido en llamar “agua de mayo”, que ayuda al brillante y explosivo colorido de las flores. Pero sin pasarse, por favor. Ha sido terrible la destrucción que ha ocasionado la borrasca Gloria en el Delta del Ebro y todo Levante. Todo en su justa medida, con permiso del cambio climático.

Ojo al sol de invierno, pues, como diría un campesino burgalés, “este tiempo ya lo pagaremos”.

(Publicado en Diario de Burgos, 10 de febrero de 2020)