LA BENDITA AGUA CORRIENTE
“¡¡Pero
este j..... cuánta agua bebe!!” Esta desabrida y al tiempo cariñosa exclamación
la oí muchas veces en mi niñez y primera juventud en boca de mi abuelo paterno,
declarado y contumaz enemigo del agua como bebida productora de males físicos,
desde las colitis recurrentes hasta las afonías estacionales.
Eran
otros tiempos. Allá por los cuarenta, el agua corriente que salía de los grifos
de las ciudades, y no digamos de los pozos, artesas, ríos y riachuelos, no
estaba debidamente tratada y no ofrecía todas las garantías de salubridad. En
mi memoria todavía conservo la declaración solemne de todos los miembros de mi
familia de que no se podía beber agua y comer ciruelas, pues era garantía
segura de alteraciones intestinales, siempre incómodas y a veces peligrosas. El
agua como bebida era un elemento muy sospechoso, que arrastraba toda la mala
literatura del siglo XIX como generadora de epidemias y hasta de pestes
ancestrales. El resultado era que muchas personas se iban a la tumba sin conocer
el sabor exacto del agua, en evitación de males mayores y también, como no, en
dedicada afición al vino, especialmente a los vinos de alta graduación
rebajados con agua, lo que ofrecía una relativa garantía.
El
adecuado tratamiento del agua corriente con sus extremadas atenciones higiénico-sanitarias
ha supuesto un cambio de gustos y, sobre todo, una garantía de sanidad, que se
concreta en la afirmación de médicos y sanitarios según los cuales el agua,
debidamente tratada, ha producido los mismos o incluso más beneficios que todas
las medicinas modernas.
Fueron
los romanos los mayores arquitectos en construcciones de grandes redes de
distribución de agua que han existido a lo largo de la historia pero ya, muchos
siglos antes, en Jericó el agua almacenada en los pozos se utilizaba como fuente
de recursos de agua, en Pakistan, alrededor del año 3000 utilizaba
instalaciones y necesitaba un suministro de agua muy grande, en la antigua Grecia
el agua de escorrentía, agua de pozos y agua de lluvia, eran utilizadas en
épocas muy tempranas. En España los árabes descubrieron y reformaron las
condiciones romanas y el 13 de febrero de 1172 llevaron agua potable a la
ciudad de Sevilla. Sin embargo, tanto en la capital de Andalucía como en el
resto de España, estas estructuras se abandonaron y no se volvieron a recuperar
hasta 500 años después. En el siglo XIX las epidemias y los problemas de salubridad
hicieron que algunos ingenieros de caminos se preocuparan por encontrar soluciones
para evacuar las aguas residuales urbanas y abastecer de agua potable a la
población. En esas estamos. El 70% de la superficie de la tierra está
recubierta por una capa de agua de la que únicamente el 2,5% es agua dulce, que
se encuentra en la humedad del suelo y en los acuíferos profundos y además
constituyen un recurso escaso, amenazado y en peligro. De acuerdo con los
estudios sobre balance hídricos del planeta solamente el 0,007% de las aguas
dulces se encuentran realmente disponibles a todos los seres humanos. España es
el país que tiene más presas por habitante del mundo; a fecha del pasado día 18,
el agua embalsada era de 33.091 hectómetros cúbicos, el 59’12% de la capacidad
total de embalse, 55.972 hectómetros cúbicos.
Cada mañana,
al tiempo que compruebo la temperatura exterior de mi vivienda, consulto los
datos que ofrece el Canal de Isabel II sobre el agua embalsada en los 23 pantanos
operativos de los que dispone la Comunidad de Madrid. El periódico de mi ciudad
da los datos de los embalses del Arlanzón y del Ebro y también sigo, por
supuesto, los datos españoles que me ofrece en este momento el triste panorama
de almacenar un 15% menos de la media de los últimos años y un 11,82 % menos de
lo que se disponía el año pasado por estas fechas.
Estos
últimos años han correspondido, en la vieja dicotomía de las plagas de Egipto,
a periodos hidráulicos relativamente generosos que han convertido en historia
los años de lo que Franco llamó “pertinaz sequía”, especialmente en la década
de los cuarenta y cincuenta, con restricciones eléctricas y escasez de agua en
muchos lugares de España. En la primera década de este siglo también, aunque
con mucha menos intensidad, sufrimos escasez de lluvias y, por lo tanto, de
agua, que las autoridades de entonces trataron de paliar con medidas de
restricción e incluso la entonces presidenta de la Comunidad, Esperanza
Aguirre, viajó a Israel para tratar de aplicar en la Comunidad de Madrid los
métodos exitosos que el estado de Israel, tampoco sobrado del líquido elemento,
ha aplicado especialmente al agua para la agricultura y la industria.
Estas
últimas semanas están siendo desdichadamente preocupantes, ya que el acreditado
y antipático anticiclón de las Azores mantiene su dominio sobre la Península
Ibérica y evita que los vientos ábregos y llovedores que vienen del Atlántico
aireen nuestros pulmones, disipen la contaminación, estimulen el cuerpo y los
espíritus y, sobre todo, empapen los campos de una España de secano que, según
adelantan los agricultores, puede convertirse este año en un auténtico desastre
hasta el punto de que en algunas zonas ya se dan por perdidas cosechas y
abandonados los pastos. Y eso que, como comentábamos antes, España tiene presas
y pantanos suficientes, pero llover, tiene que llover y, a poder ser, a
cántaros.
(Publicado en ABC, 23 de abril de 2017)