Y SI LLUEVE (II)
Porque llover, llovió. Y aunque la lluvia deslució el paso de las tropas de Tierra del desfile en el Día de la Hispanidad y obligó a cancelar el vuelo de los aviones más veloces, la lluvia nos trajo el paraguas rojo y gualda de la presidenta Cifuentes y el chubasquero transparente, a la moda cántabra, del incalificable Revilla.
A la espera de la más que previsible investidura de Rajoy, todo son cábalas sobre la composición del nuevo Gobierno y sobre la descomposición del partido socialista. El resistible y roqueño Mariano Rajoy ha vencido sin convencer y ahora le toca tratar de demostrar que puede, con un Gobierno en minoría, sacar adelante leyes y crear expectativas que ha menospreciado durante cuatro largos años de mayoría absoluta. La situación política española puede que nos traiga sorpresas, incluso algunas agradables y esperanzadoras, pero en todo caso serán los analistas políticos, a corto plazo, y los historiadores, con más perspectiva, los que nos ofrezcan las claves de un pandemónium de casi un año de desconcierto generalizado y de personalismos elevados al cubo.
Menos mal que España, con un Gobierno en funciones y una pluralidad de casi medio centenar de partidos de la oposición, se ha mantenido relativamente en forma, nos hemos permitido el lujo de crecer económicamente y de mantener un equilibrio social más que aceptable.
Pero, insisto, ahora viene lo bueno. ¿O lo malo? La prueba del algodón arrancará con el discurso de investidura de Rajoy, más que satisfecho con el nombramiento del nuevo Ejecutivo. A ver los nombres que se incorporan y los que se eliminan. Y, sobre todo, a ver el difícil juego de los acuerdos que pudiera llamar de legislatura con Ciudadanos y la conducta del PSOE, que tiene que ejercer una oposición con dos caras: una mirando al PP, evitando cualquier síntoma de entreguismo; y otra a Podemos, que decididamente quiere quitarle la merienda, empezando por las alianzas en gobiernos autonómicos y municipales, para seguir por la cena, el desayuno y la comida en una guerra de nunca acabar.
En todo caso, nuevos tiempos. Empieza el final del bipartidismo y la incógnita es morrocotuda: o somos capaces de gobernarnos con un nuevo reglamento o estamos condenados a repetir las elecciones al gusto de incompetentes y desaprensivos.
(Publicado en Diario de Burgos, 26 de septiembre de 2016)