miércoles, 26 de octubre de 2016

Y SI LLUEVE (II)

Porque llover, llovió. Y aunque la lluvia deslució el paso de las tropas de Tierra del desfile en el Día de la Hispanidad y obligó a cancelar el vuelo de los aviones más veloces, la lluvia nos trajo el paraguas rojo y gualda de la presidenta Cifuentes y el chubasquero transparente, a la moda cántabra, del incalificable Revilla.

A la espera de la más que previsible investidura de Rajoy, todo son cábalas sobre la composición del nuevo Gobierno y sobre la descomposición del partido socialista. El resistible y roqueño Mariano Rajoy ha vencido sin convencer y ahora le toca tratar de demostrar que puede, con un Gobierno en minoría, sacar adelante leyes y crear expectativas que ha menospreciado durante cuatro largos años de mayoría absoluta. La situación política española puede que nos traiga sorpresas, incluso algunas agradables y esperanzadoras, pero en todo caso serán los analistas políticos, a corto plazo, y los historiadores, con más perspectiva, los que nos ofrezcan las claves de un pandemónium de casi un año de desconcierto generalizado y de personalismos elevados al cubo.

Menos mal que España, con un Gobierno en funciones y una pluralidad de casi medio centenar de partidos de la oposición, se ha mantenido relativamente en forma, nos hemos permitido el lujo de crecer económicamente y de mantener un equilibrio social más que aceptable.

Pero, insisto, ahora viene lo bueno. ¿O lo malo? La prueba del algodón arrancará con el discurso de investidura de Rajoy, más que satisfecho con el nombramiento del nuevo Ejecutivo. A ver los nombres que se incorporan y  los que se eliminan. Y, sobre todo, a ver  el difícil juego de los acuerdos que pudiera llamar de legislatura con Ciudadanos y la conducta del PSOE, que tiene que ejercer una oposición con dos caras: una mirando al PP, evitando cualquier  síntoma de entreguismo; y otra a Podemos, que decididamente quiere quitarle la merienda, empezando por las alianzas en gobiernos autonómicos y municipales, para seguir por la cena, el desayuno y la comida en una guerra de nunca acabar.

En todo caso, nuevos tiempos. Empieza el final del bipartidismo y la incógnita es morrocotuda: o somos capaces de gobernarnos con un nuevo reglamento o estamos condenados a repetir las elecciones al gusto de incompetentes y desaprensivos.

(Publicado en Diario de Burgos, 26 de septiembre de 2016)

jueves, 13 de octubre de 2016

¿Y SI NO LLUEVE?

“A la fonda”. Se cuenta que José Gutiérrez Solana, pintor y escritor español (1886-1945), simplificó con esta rotundidad la indicación de su destino parisino en su primer viaje a la capital del Sena. 

Solana había nacido en Madrid de padres santanderinos y compatibilizó dibujo y escritura destacando en ambas disciplinas situándose en un  expresionismo tan truculento y desgarrado que llevó a considerársele “como el pintor de la España negra”. En paralelo a esta posición artística, Solana como persona se caracterizó por su escasa propensión  a la claridad y su decidido horror al sol. Trabajaba de noche y cuando amanecía y el sol se filtraba por las ventanas, ordenaba a su criada que evitara cualquier atisbo del Astro Rey al grito: “Cierra, por favor, que ya está ahí ese cabrón”.

La verdad es que el sol tiene muchos y decididos partidarios, especialmente entre las mujeres, capaces de resistir horas y horas bajo sus rayos. Ganan por goleada a los hinchas del agua, de la lluvia y de los cielos cubiertos de nubes. En la España continental hace tres meses que no llueve, aunque la población misma prácticamente no lo hemos notado gracias a la previsión ridiculizada por la política hidráulica del Antiguo Régimen.

Justo ahora, cuando celebramos la Fiesta Nacional, con desfile militar incluido –por supuesto, al aire libre-, “los del tiempo” nos anuncian que hoy -12 de octubre, conmemoración del Descubrimiento de América- va a cambiar y lloverá, caerá agua a lo largo y ancho de toda la Península, desluciendo en todo caso la parada castrense, con riesgo de suspensión definitiva.

¿Y si no llueve? La España urbana respirará satisfecha, mientras sus campesinos, agricultores y ganaderos se mostrarán alborozados, a pesar de las molestias de vendimiadores y aceituneros. Pero son más –los de sol y especialmente las damas- los que estarán muy contentos con sol a raudales y sin la incomodidad del agua, que salpica y estropea los peinados.

Por mí, que no me entusiasma el sol: “que llueva, que llueva, que caiga un chaparrón”. O mejor, un millón de chaparrones en forma de pausados litros por metro cuadrado.

(Publicado en Diario de Burgos, 12 de octubre de 2016)

martes, 4 de octubre de 2016

CONSIDERACIONES DE UN RENTISTA DESASOSEGADO
Nos dicen los expertos en el apasionante asunto de la palabra que jubilación viene de júbilo. Ellos sabrán. Júbilo para algunos, entre los que me incluyo, supone actividad deseada, desafío diario, objetivos por cumplir, en fin, cumplir con el mandato bíblico de que el sudor de la frente determine y engrandezca la vida de las personas.

Allá, en la lejanía de los años cincuenta, cuando existía el Servicio Militar obligatorio, en una encuesta elemental para los reclutas recién llegados, la pregunta era: ¿a qué vienes al Servicio Militar? La respuesta de un sencillo y sincero novato extremeño fue contundente: “Yo a la mili vengo a licenciarme”.

El estado de bienestar sitúa a las personas, desde el momento mismo que empiezan su vida laboral, en un aspirante a la licencia vital en, y perdón por la cursilería, un “homo jubilatus”. Durante treinta, cuarenta y hasta cincuenta años, las personas que tiene la ventura de tener trabajo de cualquier clase y condición, mensualmente entregan una cantidad cuantificable de ese esfuerzo al estado para que haga con él de su capa un sayo y con la esperanza, que cada vez se vuelve más intranquilizadora, de recibir en un determinado momento, con la noticia muchas veces inexorable de su cese laboral, una pensión pecuniaria que se identifica con la jubilación pura y dura.

Algunos, pocos, esta es la verdad, piensan que merece la pena crearse una carrera profesional que evite la inexorabilidad de la jubilación forzosa. Creen así que administrándose parte de los recursos que le ofrece su trabajo, completan un horizonte económico compatible con la ordenanza laboral y con el justo y decidido deseo de mantener ilusión por lo que se hace y evitar menesteres domésticos no siempre deseables o cultivar aficiones de obligado cumplimiento. Se habla de la generación “U” (unretired) es decir, los que nunca se jubilan porque no quieren o porque no pueden  y que alargan su vida laboral, incluso sin cobrar; es más, yo estoy en afirmar que lo más apetecible de este estado es no cobrar, siempre y cuando cada uno, a  lo largo de su existencia, sin recurrir al Estado, se forje su propia y particular pensión (léase rentas), de la que no tiene que dar cuentas a nadie. 

Es verdad que el Estado  cuenta poco con estas personas. El mismo día que se llega a la jubilación técnico administrativa la Administración nos avisa de modo imperativo que el cobro de esa pensión, que cada uno ha devengado sin posibilidad de rechistar, es incompatible con cualquier actividad remunerada ya sea creativa, ya sea sencillamente continuidad del trabajo desarrollado durante esos años. Se nos dice aquí todos pensionistas, solo pensionistas y nada más que pensionistas. Hubo otros tiempos, posiblemente peores e incluso mucho más arriesgados, que las personas no tenían más fórmula para subsistir en la vejez que el ahorro personal. Bienvenida sea la seguridad de una pensión razonable pero sin satanizar con normas e inspecciones la libertad, la creación y el deseo  de trabajar mientras el cuerpo aguante, aunque sea sin cobrar. Mejor aún, sin cobrar pero con la posibilidad de disponer cada uno de su tiempo, de su trabajo, de sus ahorros y de los bienes adquiridos sin confiar en el rigor del mentado Estado que desdichadamente, a veces, asusta a unos y a otros con la inestabilidad del sistema de pensiones.

(Publicado en el Blog de Abante Asesores, 3 de octubre de 2016)

https://www.abanteasesores.com/blog/consideraciones-de-un-rentista-desasosegado