miércoles, 2 de enero de 2013

Que pase el nuevo
 La voz de Castilla
Tal día como ayer, pero de enero de 1955, entré por primera vez en la redacción de un diario con la imprecisa y remota intención de hacerme periodista. Antes, y como tirando al bulto, había aprobado el ingreso en la Escuela Oficial de Periodismo el 25 Septiembre de 1954, justo el mismo día que enterraban en Madrid al enciclopédico Eugenio D’Ors.

La Redacción de La Voz de Castilla de Burgos era, en aquellos tiempos, un intrincado y, al propio tiempo, anticipador proyecto de multiedición, pues el diario componía sus páginas comunes –internacional, nacional, editorial y deportes- en Valladolid donde se imprimían en la misma vieja rotativa “Libertad”, de la capital vallisoletana, “Imperio”, de Zamora y la propia “La Voz de Castilla”, en lo que un periodista con pedigrí político del Régimen, Juan José Pradera, y su adjunto, Manuel Pombo Angulo, habían diseñado la llamada “Operación Pisuerga”, de la que algún día hablaré más despacio.

Las instalaciones del periódico burgalés eran decididamente aterradoras, pues en un desamparado local, en donde en tiempos había habido linotipias e impresoras, vagaba una especie de fantasma de decadencia imparable con iluminación mortecina. En un despacho, igualmente inhóspito, vivificado por el humo de los cigarros y tres cafés humeantes recién servidos, me recibió el director del periódico –recientemente trasladado desde Huelva- e hizo la presentación el redactor que hacia funciones de redactor jefe y que luego se convirtió en uno de mis más reconocidos maestros, Joaquín Ocio Cristóbal. Allí, Carmelo Martínez, un joven director que luego tuvo una brillante carrera como subdirector de la “Revista SP” y director del “Diario Marca”, me espetó sin dudarlo:

-Y tú ¿qué sabes hacer?
-Realmente nada, he escrito algo de deportes en al revista del colegio de los Maristas, le contesté con muy escasa convicción.
-Entonces, vas a hacer de todo. De momento mañana cubrirás el Registro Civil, el Ayuntamiento y los bomberos. Y luego, ya veremos.

Así, en la fría y oscura noche burgalesa, nació un meritorio. Efectivamente, durante casi dos años, ejercí ese menester sin retribución económica a cambio de ir aprendiendo el oficio, de poder entrar gratis en los cines y de escribir algún reportaje publicitario que me completaba la escasa asignación económica familiar que semanalmente recibía de mi madre.

En mayo de 1957, de meritorio, pasé a auxiliar de redacción de la Revista SP -con sueldo fijo y nómina- para continuar en el mismo semanario como redactor, jefe de sección, redactor jefe, subdirector y director. Toda una carrera.

Al tiempo traté de acabar malamente la formativa carrera de Derecho y, ya instalado en SP, hice en paralelo una carrera complementaria de gestor, como adjunto a la gerencia de la empresa editora, Servicio de Publicaciones, S.A., y consejero delegado de la empresa Cosol, sociedad impresor, durante siete años de la Revista y después del diario SP.

Ahora, acabada una etapa profesional variada y prolongada durante 57 años, vuelvo al origen. A partir de hoy trataré de estar con ustedes, como meritorio de un nuevo tiempo, como principiante temeroso de unas intrincadas técnicas, como bloguero atemorizado y nervioso. Y, como al principio, trataré de aprender deprisa y de obtener la benevolencia de mis lectores para un principiante que no aspira a otra retribución que a la de su comprensión y su crítica.