lunes, 30 de marzo de 2015

FELIX, PAISANO, COMPAÑERO Y AMIGO

Allá por  mediados de los cuarenta, en el patio de los mayores del Colegio burgalés de los Maristas, Liceo Castilla, corría tras un rudimentario  balón de reglamento, un mozo de constitución atlética que aspiraba a terminar el Bachillerato y aprobar el Examen de Estado. Había nacido el 14 de marzo de 1928, en la burgalesa y agreste villa de Poza de la Sal. 

Treinta y cuatro años después, un 14 de marzo de 1980, aquel desenvuelto colegial, convertido en un personaje de reconocimiento universal, moría en un accidente de aviación en las heladas tierras norteamericanas de Alaska. Durante ese periodo a Félix Rodriguez de la Fuente le dio tiempo de estudiar Medicina, conseguir el título de Dentista con el número uno de su promoción y, sobre todo, casi desde su infancia y  su juventud, identificarse con el hombre y con la tierra, primero en las agrestes y altas tierras de Burgos, después en la feraz Bureba y siempre en busca de ese equilibrio que marcó su vida y, desdichadamente, adelantó su muerte. 

Pasados los años, ya en los sesenta, coincidimos un grupo de burgaleses y yo, dirigiéndome a Félix, le dije:
-Tú eras interno en los Maristas y estudiabas en el curso de mi primo José Luis.

Se sorprendió de la cita y me dijo:
-Y por qué sabes que yo era interno.

A lo que yo le contesté:
-Porque llevabas guardapolvo.

La diferencia de cuatro cursos era significativa y yo no hubiera situado tan precisamente a Félix si no fuera por la citada prenda protectora  de la ropa de diario, que en el colegio únicamente llevaban los que vivían en él, es decir, los internos. 

Antes, coincidiendo con sus prácticas de oficial de Infantería en el Regimiento de San Marcial nº 7, nuestro burgalés universal se paseaba por el Espolón, acompañado de un amigo de Briviesca, con un halcón sostenido por su fuerte brazo y la admiración de propios y extraños, que pronto, y con gran simplicidad, empezaron a denominar a Félix como “el halconero”. Félix fue siempre un gran amante de los animales, que le venía de su origen semicampesino, a lo que ayudaron personas como los hermanos Saéz Royuela de Burgos, si bien él fue un adelantado, un trabajador esforzado que a veces coqueteaba con su propia persona. Como cuando un día se presentó en la peluquería “El Fígaro” de Burgos, ubicada en un local en el edificio del Teatro Principal, en cuyo primer piso tenía su sede Radio Castilla de Burgos (EAJ27 “al servicio de España”) y desde donde Fernando Fernández de Córdoba leyó, con engolada voz, aquello de “en el día de hoy, cautivo y desarmado…”.  En la barbería, propiedad de Fructuoso,  y a uno de los oficiales, no sé si Simon o Manolo, enseñándole un grabado del Discóbolo de Mirón le dijo:
-Córteme el pelo como este.

Mi encuentro definitivo con Félix fue el año 1968 cuando, después de todos sus éxitos y el reconocimiento general  de propios y extraños, planteó en TVE, de la que yo era Director, la realización  en Venezuela y Canadá del programa “El Hombre y la Tierra”. La instrumentación administrativa de aquella idea era muy difícil, pues había que realizarlo en el extranjero y adelantar una cantidad de dinero muy significativa para la época, que encontró la enemiga decidida y tajante de un honrado funcionario “de cuyo nombre no quiero acordarme”, que se opuso radicalmente al proyecto. Cuando ya estaba casi desechada la idea despaché con el Director General, entonces Adolfo Suarez, y le dije:
-O se hace el programa de Félix, o yo me voy.

Adolfo Suarez sin inmutarse me contestó:
-Y por qué hay que hacer el programa de Félix.

A lo que yo le respondí:
-Porque Félix es de Burgos.

El futuro Presidente del Gobierno mirándome de arriba abajo, y con cierta conmiseración y un evidente retintín, me dijo:
-Ah! si es por eso, que se haga.

Conseguido el fin propuesto Félix logró  que “El Hombre y la Tierra” haya sido un programa de proyección mundial y de influencia aplastante. Entiendo que fue el culmen de una carrera en la que un autodidacta de la biología, amante por encima de todo de la Tierra, de los animales y de los hombres, consiguió que los españoles, no siempre muy propicios a una buena relación con el medio ambiente, se afirmaran en lo que Félix defendía con su voz rotunda de comunicador preciso y convencido. Félix nunca perdió en su español de Burgos eso que los mejicanos dicen “hablar golpeado”, que en el naturalista era convicción, seguridad y, paradojicamente, reposo.

Aquella triste fecha del 14 de marzo de 1980, en la capilla ardiente que se instaló en el entonces Ministerio de Información y Turismo (hoy Ministerio de Defensa) de la madrileña Avenida del Generalísimo (hoy Paseo de la Castellana) todos nos sentimos, además de consternados, confundidos por un evento tan trágico, tan inesperado y, como siempre en la muerte, tan injusto. 

Decir que la obra de una persona como Félix Rodriguez de la Fuente sobrepasa y perpetua su figura es una obviedad, pero cuando 35 años después de su desaparición, unánimemente pensamos en Félix, no nos acordamos de un gran hombre, sino que le vemos caminando por la tierra, jugando con los lobos, acariciando a los halcones y hablando de la vida, de esa existencia que él vivió intensamente, haciendo lo que le gustaba, recreándose en su trabajo y sintiendo fuertemente su condición de hombre y de español. 

(Publicado en ABC, 29 de marzo de 2015)

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