AQUEL CALUROSO VERANO DE 1971
Hasta 1971 el dólar era convertible en oro. El preciado metal, acumulado en Fort Knox, garantizaba esta conversión y el billete verde tenía un soporte real y cierto.
Todo sucedió en un muy caluroso agosto madrileño, concretamente el 15 de agosto, festividad de la Asunción de la Virgen, cuando llegó la noticia de que el presidente Nixon anunciaba el fin de la convertibilidad del dólar, ante la enorme presión de los especuladores, pues entendía el mandatario americano que su moneda estaba sobrevalorada. Lo que hizo Nixon fue devaluar el dólar e inaugurar el marco monetario internacional que emergió después del colapso del sistema de Bretton Woods. Han pasado más de cuatro décadas y el dólar sustentado por el oro es un recuerdo para los más viejos del lugar y un motivo de disquisición técnica para los economistas.
La noticia saltó en Madrid sobre las tres de la tarde y los periódicos vespertinos de entonces -Pueblo, El Alcázar, Informaciones y Madrid- recogieron la noticia de modo apresurado e impreciso. La Cadena SER, burlando la férrea censura, atisbó también el hecho.
RNE y TVE no llegaron a tiempo y los servicios informativos de la emisora radiofónica y televisiva se preparaban para dar la noticia en el “Diario Hablado” y en el “Informativo de la Noche”, que se emitía, como ahora, a las nueve.
Aquel día, y por estar de vacaciones el entonces director general de RTVE, Adolfo Suárez, yo tenía la responsabilidad de ambos medios. A eso de las cuatro de la tarde sonó el teléfono de mi despacho y el ministro Sánchez Bella me espetó sin contemplaciones:
-De la Viuda, lo de la devaluación del dólar, que no se dé hasta mañana. Me ha pedido el ministro de Hacienda ese favor.
Durante unos segundos me quedé confuso y después un tanto anonadado, y me atrevía decir:
-Pero ministro, ¿cómo no vamos a dar la noticia si ya lo sabe todo el mundo; lo han dado los periódicos, e incluso algunas radios, y está en todos los teletipos de agencias extranjeras y, sobre todo, nacionales?
A lo que replicó el ministro:
-Es una orden. Le llamará el ministro de Hacienda.
Después de meditarlo unos minutos, pedí que me pusieran con el ministro otra vez y le dije:
-Esa noticia no se puede ocultar. La vamos a incluir en los informativos.
Al poco rato sonó otra vez el teléfono. Llamaba el ministro de Hacienda, a la sazón Alberto Monreal Luque, quien, con suavidad y cierta cercanía, me dijo:
-Mira, Luis Ángel, esto de la devaluación del dólar es muy complicado y yo quiero explicárselo personalmente al Caudillo, dada la naturaleza del asunto y la manera de entender la economía de Franco. Mañana hay Consejo de Ministros en el Pazo de Meirás y aprovecharé para ponerle en antecedentes antes de la reunión. Hazme ese favor.
Cada vez me parecía más enrevesado el asunto y, por supuesto, menos lógico pues otro de los argumentos del ministro de Hacienda cuando yo le insistí en que estaba en los periódicos era que Franco no leía los periódicos, y mucho menos seguía las agencias, solo se enteraba de todo por la televisión.
Como último recurso, y alterando las bien merecidas vacaciones de Adolfo Suárez, lo localicé para decirle que era imposible mantener esa censura, que no nos llevaba a ninguna parte y que íbamos a hacer el ridículo en el mundo entero. En aquellos momentos yo estaba pensando en dar las instrucciones para no dar la noticia y presentar la dimisión. Suárez me dijo:
-Espera, Luis Ángel, que voy a hablar con Alberto a ver si le convenzo.
Algo habíamos ganado. Pero las esperanzas fueron efímeras. Otra vez el teléfono y en él estaba el director general, que me dijo:
-Te pido por favor que no lo incluyas. Sé que es un despropósito pero estamos pendientes de que el ministerio de Hacienda nos apruebe una importante asignación presupuestaria y no podemos mantener una postura tan beligerante.
Me serené y, sin perjuicio de otras acciones posteriores, decidí evitar la noticia. Y lo hice a conciencia. Hablé con directores de los servicios informativos de las dos emisoras, con los responsables de los boletines horarios y del “Diario Hablado” de RNE, con las secciones de internacional, de nacional de economía, de deportes, con los responsables de montaje de cine y de video, con los realizadores, en fin, con todo el mundo.
Nueve y media de la noche: todavía con un sol radiante, agotado por la inútil pelea y asediado por un calor sofocante, me senté rebosadamente en la mesa de mi despacho y me puse a contemplar la televisión en una de las muchas pantallas de las que disponía el recinto. El informativo va discurriendo normalmente, todo el mundo había cumplido las instrucciones y, cuando ya pensaba en qué podría hacer el día después, aparece en la pantalla el meteorólogo, Eugenio Martín Rubio, que en verano sustituía a los hermanos Medina, Mariano y Fernando, monopolizadores entonces de la información meteorológica nacional, pues trabajaban con rara simultaneidad en RNE, en la SER y en TVE.
El meteorólogo, que se hizo famoso porque se cortó el bigote por una apuesta en donde falló una predicción, empezó en pantalla su informativo diciendo:
-Hoy, que se ha devaluado el dólar, lo único que no se ha devaluado es la temperatura. Sic transit gloria mundi.
(Publicado en ABC, 4-10-15)
Genial. Lo comparto en Fbk.
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