AL OTRO LADO DEL MOSTRADOR
Escenario: andén de la estación de Chamartín de Madrid. Fecha, un viernes del mes de julio de 1973. Habitualmente ese día y en ese lugar solía coincidir con el entonces presidente del Banco Español de Crédito y de Agroman, don José María Aguirre Gonzalo. El financiero y maestro de ingenieros donostiarra se subía semanalmente, con su acompañante, al Talgo que salía a las cuatro de Madrid con destino a San Sebastián, mientras yo me bajaba en Burgos. Ambos aprovechábamos el fin de semana para volver a nuestros lugares de origen. Ese día, don Jose María se dirigió a mí diciéndome:
-Oiga, De la Viuda, me han dicho que usted va a trabajar en el Banco de Bilbao
-Sí, don Jose María, le respondí. En cuanto me libere de mi puesto como director de TVE, me incorporo al Banco.
-Y qué va a hacer usted en el Banco
Respuesta mía:
-Como periodista me ocuparé de la información y relaciones institucionales del Banco, de cara principalmente a los medios de comunicación y a otras actividades similares.
Contestación contundente de don José María Aguirre:
-Pues eso me parece una mala idea, los bancos tienen que contar lo justo, es decir, poco o nada.
Entonces, como pensando en voz alta y cerrando la conversación, el Presidente de Banesto sentenció:
-Bueno, a lo mejor, no es tan mala idea, pues José Angel es un chico muy listo y si él lo ha decidido por algo será. Fin de la escena.
Con estas palabras de mi ilustre interlocutor fui reconocido como el primer Dircom (que es como ahora se llama) de la banca española. Me incorporé al BB en el mes de octubre, con el título de Director de Información y Relaciones, como empleado fijo de la entidad, con la categoría de Jefe de Primera en Plaza A.
Antes mi trabajo periodístico había discurrido exclusivamente en los medios, desde un periódico de provincias, La Voz de Castilla de Burgos, hasta la dirección de TVE, pasando por los diarios de Madrid, Arriba y El Alcázar, la revista Gran Vía de Bilbao, la dirección de los Servicios Informativos de RNE. Siempre había estado a un lado del mostrador, aunque el director de la Revista SP, Rodrigo Royo, me introdujo en los mecanismos de las relaciones públicas informativas, cuando un día le solicité un aumento de sueldo y me concedió un aumento de 500 pesetas, si me ocupaba de la promoción de la revista en los medios informativos. Él había trabajado en Estados Unidos en este campo, de la mano de uno de los maestros de entonces, que fue quien consiguió para las Líneas Aéreas Escandinavas (SAS) que el vuelo sobre El Polo apareciera en la primera página de 3000 periódicos del mundo…
Salir de lo que Pio Cabanillas llamo “la bohemia formal del periodismo” y entrar por arriba en una Casa tradicional y claramente escalonada, me permitió trabajar con personas de gran recorrido financiero como don Pedro Ampuero, don Fernando Gondra, don José Aresti o don Manuel Lezama y, sobre todo, despachar casi diariamente con una de las personas que más me ha influido personal y profesionalmente, el entonces Director General y luego Presidente del Banco Bilbao, don José Angel Sánchez Asiain. Mi trabajo en el banco consistía en lo que en el mundo sajón se llamaba, y se llama, Relaciones Públicas y que en España, por una especie de pudor mal entendido se llama, en unos casos, director de comunicación, en otros jefes de prensa y otras enumeraciones siempre menores y claramente confusas.
El trabajo de la comunicación desde el otro lado del mostrador, desde el sitio en que, de modo claro y honrado, se ofrecen a los medios más de la mitad de las noticias que la prensa, la radio, la televisión y, ahora, muchos medios de internet, ofrecen a sus lectores, oyentes y telespectadores, supone un entendimiento distinto del hecho informativo y una incompatibilidad radical de practicar al mismo tiempo ambas funciones. No se puede ser jefe de Relaciones Públicas y periodista en activo, como no se puede ser fiscal y abogado defensor, como no se puede ser juez y parte. Ese punto de partida se fue acrecentando con el tiempo por mis propias convicciones y por el ejemplo de un jefe como Sánchez Asiain, que siempre protegió mi trabajo y nunca me solicitó, ni de lejos, buscar atajos, forzar voluntades o exigir imposibles.
Hace más de diez años escuché en Madrid a uno de los grandes históricos de las Relaciones Públicas mundiales, Mr. Burson, creador de la agencia que lleva su nombre, Burson-Masteller, que a sus 80 años pasados, y en una intervención de no más de cuarenta minutos, de modo fulgurante, explicó como el abandonó una brillante carrera periodística por el trabajo en las relaciones publicas, sencillamente porque quería ganar más dinero. Lo consiguió, según afirmó rotundamente, pero renunció a las tentaciones de un oficio, el periodismo de batalla, que le apasionaba y que él respetaba. Nunca volvió al periodismo, pero la lección de aquella tarde me afirmó más, si cabe, en lo que por exigencia genética y herencia familiar me ha llevado siempre a considerar como un trabajo de relieve la acción mercantil y, sobre todo, el respeto al mundo privado, a la propiedad legítimamente adquirida y a la separación con el mostrador por en medio de lo que genéricamente se compra y se vende, que enlaza con al algo que me enseñó mi abuelo paterno cuando me dijo:
-Yo no tengo más dinero que el que no me he gastado.
Ahorrar es una virtud que exige legitimidad en el origen y cuidado en el ejercicio, para no tener que recurrir después a quitas injustas y a presiones indeseables.
(Publicado en ABC, 9 de abril de 2017)
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