lunes, 8 de mayo de 2017

DE PRONTO, MACRON

Inesperadamente, Emmanuel Macron se convirtió anoche en presidente de Francia. Para los más conspicuos se trata de un cisne negro, algo insólito y hasta hace meses imprevisible. Todo estaba bien organizado para que el conservador Fillon presidiera la vecina República. Los socialistas firmaron su certificado de defunción con la retirada de Hollande y la elevación de Benoît Hamon al puesto de candidato. Era el acreditado juego de gaullistas y socialdemócratas en el trono republicano, con la novedad añadida del catolicismo militante del antiguo primer ministro de Sarkozy. Todo se vino abajo con la secuencia de corrupción de baja intensidad de Fillon, que ha producido su efecto con la alternativa del frankenstiniano Macron frente a la pétrea y desgarradora figura de Marie Le Pen.



Hace quince días, en la primera vuelta, la victoria del imprevisible candidato dio un respiro a la economía francesa y europea. Que se lo digan a Amancio Ortega, que de una tacada incrementó su patrimonio en 2.500 millones. Y con él a varios millones de españoles que mantienen –mantenemos– sus ahorros en Bolsa con la reiterada maldición del inasequible y caprichoso Pablo Manuel Iglesias.




Se ha dicho muchas veces que en las elecciones de EE.UU. tendría que participar el resto del mundo libre por sus consecuencias. Lo hemos vivido con Trump, de manera que cuando se esperaba un serio quebranto en Wall Street, inopinadamente ha llevado a Occidente, y muy especialmente a España, a una feliz arcadia bursátil con un beneficio rayano en el 15%.




Veremos si la victoria del indefinido Macron –mitad liberal, mitad socialista– nos garantiza a los europeos un sosiego político, tan amenazado por la brillante y desaforada nacionalista Le Pen, cuya victoria habría traído una tormenta de consecuencias imprevisibles. Tampoco todo el monte sea orégano. Macron no tiene una oferta clara ni un porvenir risueño: ofrece un perfil difuso y no cuenta con un partido organizado que le apoye y tranquilice.




Han pasado 40 años desde que, con Franco en la memoria de los españoles y Arias Navarro pilotando un buque a la deriva, la realidad tozuda hizo surgir la personalidad imprevista de Adolfo Suárez. Sus rivales, Silva y López Bravo, tenían currículum más que suficiente y un identificable mensaje doctrinal. Pero no eran horas de doctrina ni continuismo. España necesitaba valor político y un gobierno que ensamblara las terribles contradicciones derivadas de la Guerra Civil.


Personalidades como Suárez, como Macron, ofrecen todas las características de un candidato a la contra. Algo así como la Juventus desarrollando su táctica llena de figuras y desconcierto frente a todo un Barcelona. En estos días se habla de que Francia, como España entonces, vive horas de cambio de régimen. La V República de De Gaulle, que tan buenos servicios ha ofrecido a sus ciudadanos y a Europa, languidece y, como en España, el bipartidismo apura sus horas finales. La cosa tiene su peligro. El eco de la superación de posiciones liberales y socialistas y una amalgama de ambas sin exigencias democráticas precisas no es ni mucho menos la mejor medicina.



En el horizonte europeo la sombra egoísta del Brexit exige en el resto de Europa políticos y políticas alejadas de proteccionismos que tantos horrores causaron. Con rechazos de populismos y pilotadas por quien de verdad quiere seguir en libertad y aumentar el desarrollo de los 50 últimos años. Todavía no sabemos si Macron encarna de verdad esas políticas, esa medicina necesaria para superar periféricos momentos de crisis y continuar el camino de libertad y progreso del último medio siglo. Y lo que puede ser más significativo, tampoco sabemos si tiene fuerza. Atentos hoy a las cotizaciones bursátiles europeas. Con permiso, eso sí, de Iglesias Turrión.




(Publicado en ABC, 8 de mayo de 2017)

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