lunes, 8 de octubre de 2018

Burgos, entre dos centenarios (1921-2021)

EL TEATRO Y EL SALÓN, REPRESENTACIÓN Y ENCUENTRO

El Teatro Principal era –y es- el continente festivo y popular. El Salón de Recreo, un lugar de encuentro de la escasa clase alta burgalesa y de los profesionales, de empresarios selectos, amén de ingenieros, médicos y abogados, magistrados, jefes del Ejército…

En mi infancia burgalesa fui testigo  de cómo el Teatro Principal, al tiempo que se iba deteriorando en sus estructuras y en sus ofertas, acogía memorables sesiones de cine. Recuerdo especialmente el estreno de “Las Cuatro Plumas” película dirigida por Zoltan Korda. También había combates de boxeo, en los que los púgiles locales González y Tino contendían con boxeadores forasteros en veladas populares. 

Pero antes de nada, hablemos del Teatro Principal como edificio, como continente de la propia actividad en el arte de Talía  en representaciones de zarzuela, de opereta, de revista, de cita de acontecimientos sociales, como el baile de gala de la primera promoción de la recién instalada Academia de Ingenieros del Ejército. También sirvió de escenario para los Juegos Florales del VII Centenario de la Catedral, y durante decenios fue acogedor domicilio del ya referido Salón de Recreo.

Burgos está repleto de edificios eclesiásticos de gran nivel. Desde la Catedral, indiscutible emblema del mejor gótico de España, con conventos de la categoría histórica y artística como el Real Monasterio de las Huelgas o cenobios como la Cartuja. Sin embargo la ciudad no está sobrada de edificios civiles. La Casa del Cordón es una muestra de primer nivel de fortaleza civil y castrense del arranque de la Edad Moderna. Pero después hubo un bache casi de siglos que se evidencia en el escaso edificio del Ayuntamiento en la Plaza Mayor o en la impersonal Casa de la Diputación Provincial.

El Teatro Principal, sin embargo, es un edificio rabiosamente civil, ubicado en el arranque del prodigioso y un tanto descuidado Espolón. Tras muchos contratiempos legales e incidentes políticos, en reunión presidida por el alcalde segundo Cosme Díaz, se adoptó “de común acuerdo y conformidad las siguientes principales condiciones:  que en la  obra del Teatro Principal quedaría concluida para el 1º de octubre de 1856 la cubierta del teatro; se terminarían para el fin de diciembre de 1857, “si el tiempo lo permite”, las obras interiores y exteriores, el garreo y cerramiento del local y la conclusión definitiva de las obras de cantería, albañilería, carpintería y ferretería, con arreglo a las condiciones que sirvieron de base  al contrato, para fin de julio del 1957, en cuyo día harían entrega del edificio, comprometiéndose en caso contrario,  a satisfacer por cada día de retraso 100 reales de vellón”.

“Pero la maraña de los inconvenientes arriba citados que durante diez años obstaculizaron el proyecto del teatro nuevo de El Espolón, convirtiéndolo en inabordable empresa, pues aún considerado en la época de la reanudación de las obras daba la impresión de que se estrellaba contra el granito de un imposible, fue despejada, al fin, alcanzando la meta pretendida por los desvelos  de la municipalidad, aunque el 3 de agosto de 1857 reprochase ésta al contratista no haber terminado las obras en el plazo prefijado. Lo importante fue que el 18 de diciembre se procedió al reconocimiento, medición y entrega de las obras, dándose algunas llaves del edificio a Laureana Paredes, conserje del Teatro de La Puebla, e instrucciones para su cuidado”. Esta larga cita corresponde a un documentado y minucioso libro del que fue concejal del Ayuntamiento de Burgos Luis Alberdi Elola.

El Teatro Principal ofreció durante décadas la imagen exigente y proporcionada que en el arranque del peatonal paseo burgalés presentaba desde el Puente de San Pablo con la complicidad arbórea de la ribera del Arlanzón y el remate inconfundible de las agujas de la Catedral. Se dice que este paisaje urbano impresionó vivamente al escritor norteamericano  Ernest Hemingway, quien rotundamente afirmó que era “uno de los paisajes ciudadanos más hermosos y atractivos que él había observado”.



Dando un salto en el tiempo, nos situamos en las obras que siendo alcalde Valentín Niño, con buen tino y decidido entusiasmo, abordó para consolidar y actualizar el Teatro Principal. Tarea merecedora del respeto de todos, aunque por un empeño, en mi opinión equivocado, de lograr una planta más para aumentar el aforo del coliseo se añadió una especie de cubierta nada afortunada tanto de cerca como de lejos. El tejado, tal y como se ofrece a diario, desentona con las hermosas fachadas –Polisón incluido- y la visión  desde el lugar que en su día la contempló el Premio Nobel norteamericano rompe el equilibrio en las proporciones insuperables del viejo edificio.


El Teatro Principal merece permanente atención, recuerdo exigente y actualización respetuosa. De todo eso nos seguiremos ocupando en próximos trabajos.

(Publicado en Diario de Burgos, 6 de octubre de 2018)

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