lunes, 27 de abril de 2020

Cavilaciones urgentes de un rentista desasosegado

COMER A LA BURGALESA (II)
Manuel del Río, el titán de Salas de los Infantes

Manuel del Río Bengoechea, fue un innovador, un hombre de futuro que llegó a Madrid a buscarse la vida, como otros cruzaban el charco para “hacer las Américas”. Nacido en Salas de los Infantes en 1871, era el vástago mayor de dieciséis hermanos. Tenían tierras en la comarca, pero todo resultaba insuficiente para mantener a tan extensa familia. Su primer empleo lo consiguió en una afamada tienda de comestibles y ultramarinos llamada “La Negrita”. 

En el año 1901 contrae matrimonio con Nicanora Rodríguez y se van a vivir a la calle Atocha. Alquilan un bajo con la vivienda incorporada. Y allí abren su primer negocio, al estilo de la famosa “La Negrita”. Especializándose en la calidad de los productos: los mejores jamones, quesos, salazones... Fue un adelanto, al crear algo nunca visto en Madrid a su tiempo, lo que creó fue algo nunca visto en Madrid: una sección de platos preparados, “listos para llevar”.  Es decir, un prêt-à-porter de la comida. Fue algo revolucionario: con algunos empleados y dos pinches de cocina, el establecimiento no tenía horario y permanecía abierto las 24 horas para poder atender a la clientela. 

En 1904 dio el salto al inaugurar solemnemente el restaurante “Los Burgaleses”. En la visita que había hecho Manuel a París durante la Exposición Universal de 1898, había quedado prendado de sus adelantos. La “casa de comidas” que deseaba crear en Madrid sería un verdadero restaurant, (así, sin la e final actual para indicar su  origen francés). Quería competir con Lhardy, que por entonces ya era centro de reunión de los caballeros importantes de la Villa y Corte. Alquiló un edificio en Príncipe, 8. C: estrecho pero de mucho fondo y con vivienda en la primera planta. Al entrar en el restaurant, a la izquierda quedaba la barra, con mesitas para tomar algo rápido, en cuyo mostrador podían encargarse los platos preparados para llevar a casa, con servicio a domicilio y todo. A continuación, la sala con las mesas de comensales.


Otro salto, hasta 1917, todavía en plena Primera Guerra Mundial. No habían sido ni eran años fáciles tampoco en España, con constantes revueltas de obreros. Pero lo cierto es que Manuel nunca tuvo conflictividad laboral: pagaba salarios justos, sus empleados comían y cenaban en el restaurante, y si alguno necesitaba cama, allí la tenía. Como en su propia casa. Camareros, cocineros, doncellas, lavanderas, costureras y botones formaban una buena plantilla. Y también niñeras, pues Nicanora llegó a parir nueve hijos.
 
Pero el edificio de la calle Príncipe se hacía viejo. Y puestos a pintar y arreglar, ¿por qué no comprarlo, derribarlo y edificarlo de nuevo? Dotaría al nuevo edificio con todas las modernidades, como ascensores, teléfonos interiores y cámaras frigoríficas a diferentes temperaturas para marisco, cordero de Burgos y vinos. Y bajaría las cocinas al sótano, junto a las calderas de la calefacción central.
 
¿Cómo financiar esos lujazos? ¿Y cómo hacerlo rápido? Porque cada noche sin trabajar dejaba de ingresar seis mil pesetas, la recaudación media diaria. Solución: contratar más cuadrillas de obreros. Respecto a la financiación, podría intentarlo con los ingresos de los otros negocios que regentaba: el restaurante del hipódromo y el bar del teatro de la Zarzuela (del que era copropietario mayoritario con el maestro Calleja, que tenía el 30 por ciento), donde para el verano además quería promocionar bailes populares. Durante las obras, colocó a los empleados de “Los Burgaleses” en esos otros locales.

Fue una de las primeras casas en Madrid construida con vigas de hierro. Trajo de Hontoria de la Cantera la piedra para tallar artesonados, balcones y bajorrelieves. Colocó en la fachada cuadros de cerámica de Talavera con los escudos de Burgos y de Madrid, y enmarcó la entrada con columnas de mármol italiano. Una moderna preciosidad todo.

La inauguración o reinauguración fue en septiembre de 1918.  De plantilla, 80 empleados. Todo fue de dulce…, hasta la proclamación de la segunda República. Comenzaron los sinsabores, con algunos  clientes de izquierdas enriquecidos por la vía rápida que no sabían apreciar ni la calidad ni el servicio esmerado. Las ganancias no compensaban. Ya no era lo mismo en “Los Burgaleses”, lugar discreto y placentero  para tanta gente durante tanto tiempo, desde la familia real y la clase política a empresarios, profesionales y artistas.
 
Así que una noche, después de treinta años de actividad incansable, Manuel echó el cierre.

NOTA: Texto documental y fotos de María Elena García Gallardo del Río.

(Publicado en Diario de Burgos, 27 de abril de 2020)

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