miércoles, 6 de abril de 2016

LOS TACHUELAS

Un día de octubre de 1937 –Segundo Año Triunfal- de la mano de mi primo, Ángel Arnáiz Pereda,  entraba por la puerta principal del recientemente nominado Liceo Castilla, para iniciar mis estudios de Enseñanza Primaria. A la entrada del centro, el portero, Esteban, enfundado en un guardapolvo gris, contemplaba aburrido la llegada de los nuevos y viejos alumnos a un colegio que trataba de adaptarse a los avatares de la Guerra Civil. El director era el Hermano Bonifacio Esparza. 

En aquellos lejanos años, han pasado ni más ni menos que setenta y ocho, no existían las guarderías y se accedía, más o menos al cumplir los cinco años, a colegios y academias donde se preparaba el ingreso de Bachillerato, que se efectuaba entre los nueve y los diez años. Mi primer profesor, el Hermano Pablo, me tuvo tres años haciendo palotes y aprendiendo malamente las cuatro reglas. Curiosamente, los Maristas llegaron a Burgos el mismo año en el que los hermanos Albarellos saludaban, por primera vez,  a la reducida sociedad burgalesa desde las páginas de este diario.

Ambas instituciones, colegio y periódico, vivieron  con serena  desazón los terribles años de la Guerra Civil, sin perturbaciones notables, en un devenir esperanzador, alterado después por las noticias lejanas de la Segunda Guerra Mundial. El colegio fue mi segunda casa y el Bachillerato  del  Plan Ibáñez Martín  (antes Plan Callejo) –siete cursos y Examen de Estado- fue mi afán y el de otros 70 compañeros con algunos de los cuales –Javier, Juan José, Enrique, Benito, José María, Julián, Luis, etc.- coincido todavía  por las calles de Burgos y otros –Vicente, Juan Manuel, Jesús María, Carlos…- ya no están con nosotros. En aquellos años, el Liceo Castilla, conocido cariñosamente como Los Tachuelas por el escudo que figuraba en el viejo edificio luego derribado para construir nuevos pabellones, era, con el  laico Academus, los únicos centros privados de la ciudad. El colegio de Lasalle inauguró su primer curso el año 1944. Trece años es más o menos la quinta parte de una vida, tiempos de confusa afirmación, de respuesta a la exigencia  y sobre todo de espera. De la larga espera  de la niñez a la primera juventud. A los alumnos  y a los profesores de hoy, con  su director Nicolás Garcia   a la cabeza, y a los ex-alumnos de siempre, un sereno y emocionado recuerdo. De un alumno entre miles del Liceo Castilla, también conocido por su apelativo cariñoso y cordial de Los Tachuelas: mi colegio, ni más, ni menos.

(Publicado en Diario de Burgos, 6 de abril de 2016)

miércoles, 23 de marzo de 2016

EL SUEÑO ETÍOPE DE MARIANO RAJOY

Joaquin Garrigues, cabeza visible del sector liberal del gobierno de Unión de Centro Democrático que presidía Adolfo Suárez, explicaba, con cinismo no disimulado, que si los españoles contemplaran, a través de un objetivo indiscreto, una sesión semanal del consejo de ministros, saldrían disparados hacia el aeropuerto más cercano para alejarse definitivamente de España y de su gobierno.

La reflexión claramente desestabilizadora del iconoclasta ministro de Obras Públicas del gobierno de UCD, hacía referencia a la falta de rigor y de orden del Ejecutivo español en sus deliberaciones de entonces, lo cual resulta especialmente significativo ya que aquel gabinete, a pesar de sus tendencias centrífugas, constituía un gobierno monocolor, supuestamente de criterio unificado.

Mariano Rajoy, a día de hoy todavía presidente en funciones de un Gobierno que ha disfrutado de la paz ultravictoriana de una mayoría más que confortable con un partido supuestamente monolítico, trata de encabezar un nuevo y destartalado Gabinete español encabezado por él mismo, con el único título reconocible de ser el candidato más votado en las pasadas Elecciones Generales. Y no se trata de descalificar al político gallego por el pobre resultado del 20-D, en donde perdió un tercio de sus electores con respecto a la anterior consulta, sino que, con un ejercicio de imaginación, se trata de adivinar el ambiente de enfrentamiento, recelo y desgaste de una surrealista reunión de ministros en donde, por lo que se infiere, los integrantes de ese selecto y colectivo ejecutor –PP, Partido Socialista y Ciudadanos- llamado a llevar a buen puerto los destinos de España, presentan muchas más discrepancias que coincidencias y tampoco se vislumbra un reconocimiento claro del liderazgo de Mariano Rajoy, al que uno de los miembros de esa titubeante coalición, el socialista Sánchez, no se ha dignado encontrar un hueco en su agenda para entrevistarse con él. 

El Diccionario de la Real Academia Española define la utopía como “plan, proyecto, doctrina o sistema halagüeño, pero irrealizable”. Inviable, por irrealizable, se infiere un ejecutivo sin líneas de comunicación clara y, sobre todo,  sin cabeza indiscutible. Pero Rajoy no se mueve, como ha repetido reiteradamente, lo cual nos lleva, como dijo aquel, a una etiopía. Una voz desde el fondo del gallinero: una utopía, animal. Pues eso. 

(Publicado en Diario de Burgos, 23 de marzo de 2016)

miércoles, 9 de marzo de 2016

DE NUEVE A SEIS

El acuerdo firmado entre el PSOE y Ciudadanos tiene como valor primero el hecho mismo de la firma. Que dos partidos políticos, con diferencias reconocibles, consensuen un pacto es, por lo menos, esperanzador. De las doscientas proposiciones del papel firmado por Sánchez y Rivera tengo puntos coincidentes e indudables discrepancias.  Por despejar el camino diré que la decisión de no subir los impuestos y de suprimir las diputaciones goza de mi aprobación, en coincidencia con la mayoría popular de adhesión de la decisión fiscal y la discrepancia de los políticos (PSOE y PP) con la segunda.

Una propuesta poco destacada del acuerdo programático es la proposición de que la actividad laboral termine para todos a las seis de la tarde. He aquí algo que ha de interesar a los ciudadanos por encima de decisiones de carácter político, más o menos imprecisas: a las seis (post meridiam…) todos a casa.

Se habla mucho de conciliación entre la vida laboral y la familiar. De tareas compartidas entre hombres y mujeres, de atención personal de los padres a los hijos, de respuesta de estos a los afanes de los primeros; en resumen, de vivir del trabajo y de convivir en el descanso. De esto, desafortunadamente, se habla poco. Nadie se ha atrevido a tocar calendarios ni horarios. Por no mojarse, Rajoy ni siquiera ha llevado a efecto su anunciada propuesta de tratar de suprimir los puentes, ese divertimiento español tan injusto y perturbador. 

Una premisa previa. Para intentar alcanzar un horario europeo, con una jornada razonable, la primera e imprescindible decisión no es otra que  la de cambio del horario, poniendo la mirada en Greenwich y recordando que mis padres, y no digamos mis abuelos, almorzaban a la una y cenaban entre las ocho y las nueve. Dentro de un par de meses, con los escolares todavía en plena actividad, los días se alargan hasta la diez de la noche y los niños se resisten porque, como ellos mismo dicen, “todavía es luz”.  

La adecuación de los horarios y la conciliación entre el trabajo y la vida personal y familiar podría ser una de las primeras coincidencia entre los cuatro partidos ahora en abierta discusión. No sé si alguien ha hecho un estudio de la repercusión económica que podría tener esta medida. Desde luego yo no lo conozco, pero intuyo que no habría que cargarlo en el presupuesto. Es más, a lo mejor, el vivir más razonablemente, todos a una con nuestros vecinos europeos y con el recuerdo de nuestros antepasados, incluso podría salir más barato.

(Publicado en Diario de Burgos, 9 de marzo de 2016)