CUANDO EL PODER TIENE SUS EXIGENCIAS
Ana Mato Adrover (Madrid, 1959) es
licenciada en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad
Complutense de Madrid.
Como actividad profesional fuera de la política solo se la conoce su paso por la UNED , donde fue
profesora-tutora.
La actual ministra de Sanidad,
Servicios Sociales e Igualdad del
Gobierno de que a día de hoy preside Mariano Rajoy, se inició en la política en Alianza Popular
en 1983, para pasar, en 1987,
a la
Junta de Castilla y León, presidida por Aznar, quien fue jefe de su gabinete. Después, ha sido en 1991, diputada de la Asamblea de Madrid, en
1993, diputada del Congreso de los Diputados y en 2004, europarlamentaria.
Actualmente es vicesecretaria general de Organización del PP, en donde ha
tenido diversos cargos. Ha sido condecorada con la Medalla al Mérito de las
Telecomunicaciones (sic).
En resumidas cuentas, “de la casa campo
al gimnasio y del gimnasio a la casa campo”, recordando el duro entrenamiento
del boxeador sonado Kid Tarao, que con tanta eficacia y personalidad
asumió el recordado e inimitable Tony Leblanc.
Es decir, de la política al
aparato, del aparato al gobierno, del gobierno al aparato y, al final,
como corresponde, en los dos sitios al
tiempo, sin que se pueda reseñar,
ninguna actividad fuera del paraguas del sistema partitocrático nacional, que
exhibe ejemplos tan incomprensibles como que
se pueda llegar a diputada, nada menos que con el numero 3 de la lista de Madrid, siendo
una absoluta desconocida y que alcance
un ministerio, como el de Sanidad, con escasas competencias, eso sí, pero con
una cierta complejidad que precisa un planteamiento general del mundo administrativo y sanitario que no
se deduce de la trayectoria de
“aparachiqui” burocrático-electoral de
Ana Mato.
Para complicar más las cosas, en 2009
se la relacionó con el caso Gürtel, en el que a una serie de cargos
públicos se les acusó de cohechos y
prevaricación, entre otros delitos. Tras el levantamiento parcial del sumario
investigado por el Tribunal Superior de Justicia de Madrid (17.000 folios sobre
casi 60.000), consta en las actuaciones que Jesús Sepúlveda, por entonces
marido de Ana Mato, adquirió para su mujer un Susuki Swift a Dª María del
Carmen Quijano, también entonces mujer de Francisco Correa, jefe y principal
inculpado de la trama Gürtel. Igualmente, cuando se levanta la totalidad del
secreto sumarial, en abril de 2010, el
matrimonio aparece como titular de una cuenta en el BBVA hasta 2004 y de la que
no se realizó el trámite de cancelación, tras su separación.
Cuando el presidente Rajoy se decide a
incluir a Ana Mato en el Gabinete, muchos observadores, e incluso miembros de su propio partido, torcían el gesto,
entendiendo como poco apropiado el nombramiento de Ana Mato con los accidentes
referidos, pero nadie, lógicamente, levantó demasiado la voz en el partido, lo
que sí ha acontecido ahora cuando la
Unidad de Delincuencia Económica y Financiera (UDEF)
involucra a la actual ministra de
Sanidad, mediante la contabilidad B de la trama encontrada en el polígono
industrial de Alcorcón de unos datos que presuponen un supuesto pago de viajes
y obsequios por parte de Luís Bárcenas, manejándose la posibilidad de una
dimisión inmediata de la infraescrita.
El presidente Rajoy se enfrenta en estos días, además de los acuciantes
problemas que ahora mismo está solventando en Berlín, con una doble papeleta en
los asuntos de corrupción, a propósito de las cuentas del Partido Popular en la
época de Bárcenas como tesorero y el asunto concreto de su ministra de Sanidad.
En esta disyuntiva del presidente del Gobierno, parece lógico que cese a la ministra, o que, más
benévolamente, le solicite su antedicha
dimisión. Sin embargo, lo más previsible es que Mariano Rajoy mantenga su firme
e incomprensible postura de que la ministra Mato permanezca en su cargo, pues
entiende muy bien “los momentos por los que está pasando”.
Nadie duda de que la situación de la
ministra Mato es muy incómoda para ella y su permanencia acarreará inevitablemente más de un disgusto
para Rajoy. La política es así de áspera y deshumanizada, pero, importando
mucho los sentimientos de las personas, parece que lo hay que considerar en
ocasiones como esta, es que la fiabilidad del sistema y la honorabilidad de los servidores públicos
está por encima de delicadezas personales, aún a riesgo de rozar injusticias. Eso se llama la servidumbre del
poder, en donde los ciudadanos merecen consideración y claridad. Y todo esto
con el dato de casi cinco millones de parados, la prima de riesgo en 370 y la Bolsa que ha perdido el
nivel de los 8.000 puntos.
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