viernes, 26 de abril de 2013

PRIMARIAS COMO PANACEA

A lo que parece las primarias van a ser para muchos la solución de todos los problemas. El PSOE ha aceptado el desafío regional gallego y, finalmente, por boca de un desgastado Secretario de Organización del partido, ha anunciado la celebración de primarias  para elegir  el próximo candidato de ese partido a las elecciones generales. Es más, el histórico Ramón Jáuregui, sin encomendarse ni a dios ni al diablo, propone la generalización de este sistema que obligue a todos los partidos a celebrar  este procedimiento de designación, hasta ahora mayoritariamente ajeno a los usos y costumbres de los regímenes parlamentarios.

Los norteamericanos, que son un ejemplo de democracia, deciden el nombre del candidato a las elecciones presidenciales en un sistema, tan elemental como sofisticado, en el que participan todos los ciudadanos que quieran ser electores a través de unas primarias  y caucus (traducido como asamblea partidista), que es una elección en la cual los votantes, bajo una jurisdicción, eligen al candidato o candidata a la presidencia.  Fue Theodore Roosevelt el primer partido en llevarlas a cabo. Los caucus tienen la misma finalidad, pero se concretan en grupos más reducidos y, fieles al concepto de lo norteamericano como algo rural y cercano, se reúnen en la escuela o la iglesia del pueblo los simpatizantes, que votan a mano alzada, en una cita que arranca en el Caucus Club de Boston de 1719, una asociación de comerciantes y artesanos con reconocido pedigrí democrático y nacional, pues en una de las primeras asambleas políticas de estas características se fraguó la rebelión contra los británicos.

Como se ve, el sistema trasatlántico tiene una antigüedad y, sobre todo, la garantía de un procedimiento que ha llevado a Estados Unidos a tres siglos de democracia y a ser el único país del mundo que no ha sufrido nunca los padecimientos de  dictaduras oportunistas y salvadoras. El sistema era, por otra parte, obligado, pues como también es de sobra conocido, en Norteamérica no existen, afortunadamente para ellos, unos partidos políticos burocratizados, costosos y cada vez más desacreditados por lo que el sistema de primarias y caucus es el necesario e insustituible para la elección de candidato.

En Europa no existe nada parecido a la organización política norteamericana y mucho menos en los regímenes parlamentarios como el español, donde –con la excepción de Francia y algún otro estado- no se designa un presidente sino que se eligen unos diputados que designan a un presidente o jefe de gobierno, que a su vez coincide casi siempre con el presidente o el secretario del partido.

En España, por imperativo constitucional, los partidos políticos deben tener un componente democrático esencial y, así las cosas, los candidatos hasta ahora se habían designado de forma consecuente, a través de un procedimiento escalonado de comités locales, autonómicos y nacionales, de donde se obtenía la figura del candidato. El tiempo ha demostrado que esa democracia interna de los partidos ni se cumple, ni se reivindica. Aquí el procedimiento es justamente el contrario ya que la máxima figura del partido influye, aprieta y decide esos órganos locales, autonómicos o nacionales para coronar en una especie de circulo vicioso la selección de las propuestas con soluciones siempre endogámicas, previsibles y nada democráticas.

El procedimiento de primarias, que hasta ahora en España y en Europa no ha dado precisamente muy buenos y perdurables resultados, no hace más que enmascarar el fallo de origen de la democracia española, que no es otra que la total falta de democracia interna de los partidos, y a partir de ahí en una cascada de decisiones previamente teledirigidas garantizan a los aparatos de los partidos,  escasamente representativos y fundamentalmente nada democráticos, la permanencia en el poder de unos líderes que ahora tratan de enmascarar su propia prepotencia y la debilidad  que ellos transmiten al sistema. Lo sencillo sería comenzar por la base, es decir, democratizar los partidos, evitar la designación a dedo y cualquier tentación de modos y maneras que garanticen la permanencia de un sistema viciado y cada vez menos atractivo para la ciudadanía.

1 comentario:

  1. el diagnostico, en definitiva, es que nuestra democracia es de baja calidad. El drama es que mejorar la calidad de nuestra democracia depende los politicos de dos partidos que estan encantados con una democracia de baja calidad. ¿x q esos partidos van a cambiar algo que les perjudica?

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