DEL INCIERTO FUTURO DEL DINERO FÍSICO
A LA BANCA EXPONENCIAL
Hace más de 2.600 años, al decir de los especialistas, el pueblo anatolio, heredero de los hititas, inventó la moneda como medio de pago, el estátero: 14 gramos de una aleación de oro y plata para pagar la soldada mensual de los guerreros. Dinamarca, para no ser menos en su afán innovador que su vecina Noruega con la extinción de la Frecuencia Modulada (ABC, 5-2-17), está implementando medidas para erradicar el dinero físico y sustituirlo por el llamado dinero electrónico: órdenes de pago impartidas desde un dispositivo de esa naturaleza.
Pero no solo los avanzados daneses, con el número 34 en la clasificación en el Fondo Monetario Internacional, están en esta tarea. Ecuador (nº 63), y países pobres de solemnidad como Kenia (nº 83) y Afganistán (nº 105), se afanan en idéntica tarea. El caso de Ecuador es muy significativo, al poner en marcha un sistema de dinero electrónico con el fin de paliar la exclusión financiera que sufre un 40% de la población activa, que no tiene acceso a una cuenta bancaria. Por el contrario, prácticamente todos los ecuatorianos disponen de un teléfono celular. Sin necesidad de acceso a Internet, desde el teléfono móvil se abre una cuenta con el número *153#, que puede recargarse en un gran número de establecimientos comerciales o con la cuenta bancaria, si se posee.
En cualquier caso, en 2015, último dato del que se dispone, el dinero en metálico fue el principal medio de pago en el mundo y las estimaciones sitúan en un 85% el número de transacciones realizadas al contado, lo que representa un 60% del volumen total de pagos. Es indiscutible que el dinero es uno de los grandes inventos de la Humanidad, aunque de antiguo tiene mala prensa, pues ya el Evangelista Mateo lo satanizó sin piedad y el actual Papa Francisco manifiesta dudas sobre las bondades del vil metal. Los de mi generación nacimos con el grato y estimulante tintineo de las máquinas que contaban monedas y que armonizaban la activa vida de los patios de operaciones de las oficinas bancarias. Mi abuelo materno me contaba que en su negocio, mayorista de frutas, la moneda fraccionaria, perras chicas (5 céntimos) y perras gordas (10 céntimos), no se contaban; sencillamente se pesaban en unas romanas y con ese dato se llevaban a las incipientes cajas de ahorros de la localidad.
Como soy un clásico, tengo que confesar paladinamente que a mí me gusta el dinero físico y el tacto grato del papel moneda. El tiempo cercano a más de 50 años renovó el invento de los anatolios con la tarjeta de crédito, en cuya introducción en España tuve alguna participación (ABC, 14-6-15). El éxito de la tarjeta de crédito es indiscutible, aunque todavía las personas y algunos establecimientos se resisten en su utilización, lo cual no es muy entendible pero resulta totalmente respetable.
La lucha contra el dinero negro y el hecho de que el efectivo provoca evasión fiscal, resulta más caro y ocupa más tiempo, son motivo para decidirse por el dinero electrónico, amén de ser más ecológico y más higiénico. La aceptación masiva de las tarjetas ha supuesto un cambio fundamental en el quehacer de la banca, que ha conseguido economías muy evidentes y atractivos que han hecho modificar sistemas y procedimientos en la relación con el cliente.
Otras consecuencias de este éxito de la tarjetita (ABC, 14-6-15) han traído modificaciones y desajustes. Poco a poco el dinero contante y sonante, a pesar de lo que digan los daneses y lo que hagan los ecuatorianos, se está convirtiendo en algo denostado y maldito para muchos millones de clientes bancarios, que van desde los 10 millones de pensionistas hasta los 3 millones aproximadamente de autónomos -taberneros, talleres de reparación de automóviles y oficios diversos-, que sufren diariamente la incomodidad de una anticipada inadecuación de las oficinas a sus gustos y a sus necesidades. Entrar hoy en una oficina bancaria, de las que todavía aceptan dinero físico, resulta paradójico y contradictorio. Los empleados de las sucursales reciben con mala cara a los que se reintegran su dinero, pero especialmente a los que aparecen con billetes o monedas, como resultado de la recaudación de sus negocios. Han desaparecido los viejos auxiliares de caja, que contaban los billetes con la facilidad de Chaplin en “Monsieur Verdoux”, sustituidos por reciclados bancarios que se sienten incómodos con las monedas, al tiempo que te explican la filosofía de la entidad bancaria. O te proponen seguros de diverso género, operaciones financieras habitualmente de difícil comprensión y que conducen a fiascos como las víctimas de los derivados o de las preferentes.
Aquellas modestas oficinas, ubicadas tanto en grandes ciudades como en pueblos de relativa importancia, han pasado a la historia. Y la consulta primaria y la fiabilidad del interlocutor generalista ante la solicitud de una hipoteca o el trato directo para mejorar medio punto de interés en una cartilla de ahorro se ha perdido en la noche de los tiempos.
Tal vez nos estamos adelantando. Se ha dicho muchas veces que el pasado no es lo que era, pero el futuro todavía se muestra para muchos arcano y de difícil comprensión. Las proposiciones son tan respetables como desconcertantes. Ya no nos conformamos con la banca digital, ahora se habla de la banca exponencial, que si nos acogemos al diccionario de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, “será una banca que se multiplique constantemente a lo largo del tiempo, tal y como el Sida, considerado como un padecimiento gravemente exponencial”. Dicho sea con todas las reservas en la comparación. Después de siete años de estudiar matemáticas en el Bachillerato de D. José Ibáñez Martín (actualización franquista del Plan Callejo), todavía no he conseguido entender el misterio de las integrales. Me quedé en las derivadas. Esas las manejo todos los días, y en el caso de la banca veo cómo muchos me cuentan que la sufren. No es mi caso, porque yo ya no estoy para que me hagan esperar en una cola desconsiderada y evitable. Ventajas de cumplir años.
(Publicado en ABC, 12 de marzo de 2017)
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