Cavilaciones urgentes de un rentista desasosegado
A BURGOS, CON REFLEJO INTIMISTA
Nueve meses son muchos meses. Es el tiempo cierto para un embarazo feliz, pero ver cómo pasan los 277 días medio aislado en plena pandemia se hace pesado y un poco desesperante.
Desde que se decretara hace casi un mes el final del confinamiento, no me había sido posible ir a Burgos. Bueno, ni a ningún sitio. De modo que este viaje desde Madrid, el que une mis dos ciudades, ha resultado íntimamente feliz. Aunque eso sí, bien escaso. El traslado es, además de positivo, reconfortante. El camino, por la autovía A-1, exhibía toda su frondosidad primaveral en las tierras de Madrid, Segovia y Burgos. Pasaba ante nuestros ojos todo un muestrario de colores, exultante y gratificante. Los amarillos de las retamas se mezclaban con los verdes intensos de los campos, todavía no afectados por tiempos más calientes bajo un sol más agresivo.
La ciudad me recibió serena, aunque todavía un poco desconcertada. Las exigencias de confinamiento en Burgos han sido extremas y, en mi opinión, excesivas. El balance de contagios y de fallecimientos entre Burgos y Madrid es equivalente en términos estadísticos, pero la exigencia de la Junta de Castilla y León con el cierre de establecimientos hosteleros –hoteles, bares, tabernas…- no destaca a la vista de los números.
Bueno, ya estamos en Burgos. Es un día claramente primaveral que estimula con una especie de brisa cálida, ausente en este caso el cierzo extremado y a veces exasperante. El Espolón sigue en su sitio, con ligeros retoques, y la ciudad evita cualquier extremo. Se conforma con defenderse como puede de futuras fechas menos agradables a base de proteger las terrazas con cualquier clase de cortafríos.
Dos días son pocos para, en primer lugar, adecuar mi vivienda, levemente flagelada por la larga ausencia. Pero con buenas formas y una sonrisa que se intuye a través de la mascarilla, es el momento de encontrarse con amigos de siempre y empaparse del espíritu del VIII Centenario de la colocación de la primera piedra de la Catedral. Siguen las exposiciones que sirven para recordar el Burgos de siempre. Es una pena: me he perdido la de la ciudad y el ciudadano de hace un siglo; no me ha dado tiempo a llegar por la ya reiterada y agobiante cuarentena de estos meses pasados.
Pero evitemos cualquier nostalgia y pongamos la mirada en un final de primavera y, sobre todo, en un inminente verano en el que la normalidad ha de ser norma extendida y exigencia personal.
El año pasado el primer verano de la pandemia resultó engañoso y contradictorio. A los burgaleses se nos permitió pasar los meses de julio y agosto impelidos por las palabras animosas y a la larga equivocadas. Fue cuando el presidente Sánchez decretó prácticamente el final de la pandemia y nos llamó al regocijo y a la tranquilidad.
Esta exclamación voluntarista –pues de eso y no de otra cosa se trataba- resultó incongruente y peligrosa. Antes de estrenar el otoño golpeó la segunda ola, la terrible y frustrante segunda ola de la pandemia. Nos dejó a todos perplejos, descompuestos y claramente desconfiados de la gestión político-económico-sanitaria. Desde el portavoz Fernando Simón, hasta el presidente del Ejecutivo, pasando por ministros del ramo y segundones igualmente despistados y contradictorios, se nos ofreció la expectativa, todavía no despejada, de más meses de angustioso desánimo. Y menos mal que llegó la vacuna. Las vacunas fueron al principio sospechosas por su escasez y también, cómo no decirlo, por la escandalosa utilización de los primeros envíos con el rótulo indebidamente autoelogioso del Gobierno de España.
Hasta hace poco ha habido escasas dosis y varias vacunas, mal explicadas y peor repartidas. Los países, léase Israel y, por supuesto, los Estados Unidos, que ya exhiben cifras envidiables de inmunización y, por tanto, de descenso de contagios, se apuntaron desde el primer momento a una política abierta y liberal de pinchazos. No desconfiaron de los agentes eficaces, ya sean públicos ya privados, ni de la utilización de centros sanitarios confiables, como las farmacias, para evitar los cuellos de botella y el caótico reparto del producto.
En nuestro caso, el final de la presente historia se llama AstraZeneca. La marca ha pasado por todo: desde la desconfianza inicial y la escasez de envíos hasta el miedo a posibles coágulos como efecto secundario y solución con doble dosis.

La Catedral, al fondo, vista desde el atrio del Museo de la Evolución Humana./A.RODRIGO
Sucesivamente recomendada y vetada, ahora parece ser denostada por el Gobierno de España, que le adjudica efectos sin comprobación científica suficiente. No sólo eso: se induce a los que han recibido la primera dosis a cambiar de producto. Un consejo claramente rechazado por los españoles en un manifiesto en el que no se sabe si el rechazo se debe a suspicacias sanitarias o sencillamente a las ganas generalizadas de los españoles de llevar la contraria al Gobierno de Sánchez. Pero hay un dato: en el Reino Unido, donde se desarrolló la AstraZeneca, la vacunación masiva logró el éxito un día de la semana pasada, cuando se produjeron cero muertos, cero, por primera vez en 15 meses.
(Publicado en Diario de Burgos 07 de junio de 2021)
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