lunes, 14 de junio de 2021

Cavilaciones urgentes de un rentista desasosegado

PÓNGAME USTED LA LAVADORA, PORFA

Malos tiempos para la lírica. Pero si se me permite la frivolidad, puede resultar hasta divertido. En un Gobierno de armas tomar, hoy toca fijarse en dos ministras de aúpa. Una es Teresa Ribera, vicepresidenta cuarta y titular de Energía, aunque en aras de la “modelnidad” le han rediseñado el rótulo: ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico. Ahí es nada.  A su rueda, la ministra de Sanidad, Carolina Darias, experta en no dar ni una.

Resulta muy difícil superar el desquiciamiento organizado por la responsable de Energía con el tema de las nuevas tarifas eléctricas. Ha conseguido que todos los agentes involucrados en esa materia estén desesperados unos, confusos otros y resignados los que quedan. Entender las tarifas es un galimatías solo para expertos. Con todos perdedores, excepto las arcas públicas sedientas de recaudación. Por una parte, las compañías eléctricas han perdido 800 millones en su facturación así como así, de un tirón. Por otra, los consumidores domésticos intentan racionalizar mínimamente la propuesta tarifaria por horas. Lo que sí tienen claro es que el recibo de la luz se les va a ir por las nubes. 

Muchos llegan a la conclusión de tener que trasnochar para poner la lavadora. O madrugar para planchar la ropa que sale de ese utilísimo aparato que cambió la manera de hacer la colada tras siglos y siglos en que las mujeres sufrían en su espina dorsal, sus riñones y sus manos el azote de los duros inviernos restregando las prensas en aquellas tablas de madera en las riberas de los ríos del mundo entero.

Según mi tía Patro (Burgos, 1995-2060), la lavadora es el mayor invento que ha afectado más directamente a la humanidad en las labores menores pero durísimas del quehacer doméstico. En tan dura e inesquivable tarea, las ciudades y los pueblos de España y del mundo buscaron un camino intermedio con los lavaderos públicos, que aminoraban el sacrificio pero que no evitaban la mayoría de los inconvenientes. Los viejos del lugar recordamos la copla carnavalesca en que una de las cuadrillas entonaba: “Don Manuel, don Manuel, haga usted los lavaderos. Por favor constrúyalos usted, que se expone a que el pueblo diga a voces le calé, le calé, le calé”. 

Para mayor precisión, les diré que el don Manuel de la cita era don Manuel de la Cuesta, a la sazón alcalde presidente de la Muy Noble, Muy Más Leal y Muy Benéfica Ciudad de Burgos, Cabeza de Castilla, Primera en la Voz y en la Fe. Se hicieron los lavaderos, que afortunadamente duraron poco. Unos sesenta años más o menos. Luego llegó el lavadero elemental, basado en un rodillo que escurría la ropa; y finalmente, el milagroso, “según mi tía”, invento del actual aparato. La vicepresidenta cuarta del Gobierno la utiliza diariamente con ahínco, “tempranito”. Así evita, en cualquier caso, tal y como ella misma ha señalado, que otra persona se ocupe de tan monótono menester. 

La ministra Darias no le va a la zaga en el despropósito y en el afán de descalificar primero y confundir después. En una de sus reuniones con las Comunidades Autónomas logró, en votación por minoría, unas exigencias ciudadanas para paliar la pandemia basadas en pretensiones inaceptables para los ciudadanos y, sobre todo, para el sector hostelero de España. Obtuvo el acuerdo de una minoría del 40% de los españoles frente al 60%. Además, algunas CCAA que votaran su propuesta y decidieran inmediatamente saltársela. Pero incluso con esa derrota vergonzante en una reunión para buscar el “consenso”, se atrevió a decretar normas “de obligado cumplimiento”. Ordeno y mando.

Madrid, siempre Madrid, recurrió a sus servicios jurídicos y en menos de horas 24 la Audiencia Nacional dictó una norma cautelarísima. Dejaba sin efecto la absurda pretensión de la ineficaz titular de Sanidad, que no tardó en plegar velas y publicar vergonzantemente a toda prisa un nuevo texto con “recomendaciones”, sin imposiciones,

Mientras, el presidente del Gobierno se dispone, contra la opinión mayoritaria de los españoles, a indultar a los políticos catalanes golpistas condenado por la sedición de 2017. El Gobierno alega, entre otros argumentos cada cual más contradictorio entre sí y con la ley, que no hay nada más bonito que tener “magnanimidad” y “perdonar”. Pero ellos mismos, empezando por su principal cabecilla, el reversible Junqueras, han dicho una y otra vez que no sólo no tienen que pedir perdón por algo de lo que no se arrepienten, sino que lo volverán a hacer. Sí, la cuestión catalana es todo un reto. Ya en su día el maestro Ortega dijo que sólo tiene un tratamiento, que no es otro que la conllevanza.


Lavanderas en la ribera del Arlanzón, con la catedral al fondo./ARCHIVO MUNICIPAL

(Publicado en Diario de Burgos 14 de junio de 2021)



 

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