Cavilaciones urgentes de un rentista desasosegado
LLUEVE
Mi predilección por la lluvia es proporcional (directamente proporcional) a mi prevención por el sol. Por eso, y por otras razones, coincido plenamente con el estupendo memorialista Andrés Trapiello, al descartar entre sus preferencias el verano de Madrid, tradicionalmente tórrido.
Veranos hay muchos: el meteorológico, que este año va del 21 de junio al 22 de septiembre; el norteamericano, que empieza el Memorial Day (30 de mayo) en honor de sus militares caídos en tantas guerras y que termina el Día del Trabajo (4 de septiembre). Los españoles hemos sacralizado la estación con la referencia de la Cruz a la Cruz, es decir, desde el 6 de mayo hasta el 4 de septiembre.
Así que desde pasado mañana ya no estaremos en verano. A las nueve y 21 minutos de la noche del miércoles entrará otra estación. El otoño es agradecido por estas tierras. Sobre todo en su primera parte, pues el sol se convierte en algo discreto, al tiempo que la lluvia, la bendita y necesaria agua de la que tan escasos estamos los españoles, nos sirve para recuperar la esperanza. Excepto cuando se pone furiosa y descarga diluvios infernales, como ha ocurrido en el Levante y en algunos sitios de Europa.
Sin hacer grandes esfuerzos, y con la mirada puesta tanto en lo que queda del esperanzador mes de septiembre como en el confortable octubre, echamos la vista atrás. Sin caer en excesivas nostalgias, hay que señalar que Fernando, el peluquero de la “real casa”, ha decidido jubilarse y ha dejado huérfanos a sus clientes, entre los que me encuentro. Hay muchos damnificados más, empezando por el antiguo presidente de la Comunidad Autónoma y terminando por mi primo Enrique, que fue quien en su día me llevó a su establecimiento en los Vadillos.
Una ciudad queda definida por sus protagonistas sencillos y por sus instituciones menores. Es el caso de otra peluquería de mis días infantiles, la de “El Fígaro”. Estaba en los bajos del Teatro Principal, propiedad de Fructuoso y durante muchos años estuvo servida por Simón, por su hijo, el “Pela”, y por Manolo. Fue uno de mis primeros enfrentamientos directos con la civilidad y el grato recuerdo. Entré en el viejo local de la mano de mi padre y les fui relativamente fiel hasta mi traslado a Madrid.
He querido, con el recuerdo a estos dos emblemáticos lugares de la vida burgalesa, ser agradecido a ese mundo menestral cercano e insustituible en una ciudad que arranca con tu infancia y termina inexorablemente en eso que escuchamos de ”tierra sagrada donde moriré”.
Pero que no se entienda, ni mucho menos, que me recreo en el pesimismo: oteo un horizonte de fin de ciclo. Afortunadamente todavía hay muchas cosas que hacer, precisamente en el ámbito de lo directo, de lo sencillo, de lo indiscutiblemente placentero. Como un aperitivo mañanero en cualquier terraza –de las que tienen servicio-, que es, en sí mismo, una esperanza y un proyecto.
En fin: ya llueve y supongo que las uvas de la Ribera se beneficiarán de un aguacero oportuno y esperado. Lo mismo que los urbanitas como yo se verán estimulados con el agua sobre los cristales de las ventanas de los domicilios y las oficinas. Y de la que baja mansamente por las antiguas riveras de La Moneda o Almirante Bonifaz. Es un lejanísimo recuerdo de las inundaciones de los dos siglos anteriores, XIX y XX, tal y como queda perfectamente reflejado en las columnas del ayuntamiento.
La esperanza más próxima y reconfortante se llama San Bruno. “El que da ciento por uno”. El que antes marcaba el principio del otoño y abría, cuando no se podía recurrir al efecto de los frigoríficos, la llegada anual de la morcilla de Burgos. Lo que son las cosas: por entonces quedaba muy reducida al ámbito campesino. Felizmente luego fue comercializada por empresarios exitosos, para placer de todos.
(Publicado en Diario de Burgos 20 de septiembre de 2021)

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