Cavilaciones urgentes de un rentista desasosegado
CALIDAD PASCUAL
–A ver, dame tu tarjeta.
–¿Cómo, mi tarjeta?
–Sí, sí, tu tarjeta de visita con tu dirección.
De este modo, y reiteradamente, Tomás Pascual Sanz solicitaba su dirección a cualquier persona que él entendía que merecía su atención, para enviarle a su domicilio una caja con productos de su marca.
En mi caso, y ya son años, muchos años, posiblemente casi cincuenta, he recibido puntualmente por Navidad un lote de productos de la casa, de esa casa. Fueron enviados durante mucho tiempo por el patriarca de la familia, tradición que después han mantenido su hijo y demás descendientes.
Tomás Pascual era un segoviano fuertemente enraizado en Aranda del Duero. Reunía todas las virtudes de un vendedor nato, de un comerciante esforzado y de un industrial con ideas originales, con todos los riesgos que ello plantea.
El balance de su vida personal y empresarial fue brillante, colosal. Abarcó diversos campos, entre ellos el de la promoción inmobiliaria. A lo largo de toda su carrera buscó siempre lo mejor de cada momento. Y como enseñan todos los manuales profesionales de emprendimiento y gestión empresarial y comercial, supo salir con éxito de algún error. De ninguna manera ensombrece ello su genial disposición fabril y mercantil. Al contrario, la confirma: entre las numerosa citas dedicadas al axioma de que uno debe levantarse cuando se cae, figura una que se suele atribuir nada menos que Albert Einstein: “Quien nunca se ha equivocado es porque nunca ha acometido nada nuevo”.
Este año, como todos los anteriores, ha llegado a mi domicilio –que es la casa de todos ustedes- el aguinaldo para contento de pequeños y mayores. Y desde aquí quiero enviar a Tomás Pascual Gómez-Cuétara y a sus familiares mi gratitud y, sobre todo, la indisimulada emoción que supone la continuidad en los éxitos de una dinastía de la que, por paisanaje, todos nos podemos sentir partícipes.
Tomás Pascual Gómez-Cuétara junto a un cuadro en el que parece su padre./VALDIVIESO
Tomás Pascual marcó una época. Como lo hicieron José Luis Ballvé, Avelino Antolín, Francisco Riberas y otros. Todos ellos vieron en Burgos, y para Burgos, un lugar de fortalecimiento industrial, aprovechando la cualificada formación profesional de los trabajadores graduados en la Escuela del Padre Aramburu. La Escuela de FP puso y pone en la realidad industrial burgalesa el esfuerzo mancomunado de equipos sabiamente dirigidos. Son profesionales fuertemente comprometidos con los proyectos diseñados por aquellos capitanes de empresa que hoy siguen teniendo en Burgos recuerdo y presencia.
Burgos está obligada a mantener y a aumentar esa línea que fijaron aquellos creadores. Claro que en estos tiempos hay que reorientar el objetivo y la metodología de una industria pura y dura hacia un campo digital y a un desarrollo de alta tecnología. Son realidades que inevitablemente hoy crecen y hacen crecer a ciudades y a zonas que esperan el impulso urgente de ideas y de esfuerzos.
Los tiempos no son demasiado favorables. Burgos y su provincia atraviesan una crisis que afecta desde sus autoridades hasta algunas de sus instituciones, como reflejan la práctica desaparición de las cajas de ahorros y la fragmentación económica. Únicamente la Cámara de Comercio e Industria aparece viva, activa y beligerante. Que cunda el ejemplo
(Publicado en Diario de Burgos 10 de enero de 2022)
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